Estaba sobrevolando Ibiza-Mallorca, y debían ser las 5h de la mañana. La isla flotaba. Era una formación hecha de nubes, barro, mar infinito y mazapán.
Todos dormían, o nadie escuchaba. Nadie oía los gritos de mis ojos ni veía mi garganta obnubilada. Nadie parecía verla como yo.
Fui corriendo a
buscarla entre las cartografías y todos los mapas del mundo que un día fueron. Pero nada. Esa isla no existía a ojos humanos. Ni en la historia. Ni en ninguna
compilación.
A medida que el avión avanzaba, la isla se perdía. Como se aleja un sueño precioso que acabas de soñar al pasar las horas de un día.
Podía enroscarme en la obsesión de ser escuchada, menudo hallazgo, ¡existe una nueva isla!!! de ser tomada por una loca, de querer ser comprendida. O podría agradecer el milagro que me deparó ese 6 de junio, bajo la madrugada, de desplegarse un mundo nuevo en exclusiva solamente para mi.
Agradecer que hoy he
descubierto una isla. Y que esa isla permanecerá para siempre aquí.
Que me pasearé por ella a mi antojo, las noches demasiado hondas, los días
vacíos de hacer, las tardes que me despierte dormida, las mañanas que me quite
de en medio y sencillamente me entregue a ser. Y he decidido. Me exiliaré en ella la mitad de
mi vida. Y la otra mitad, la viviré.
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