Pero para un argentino, el calendario nunca alcanza. Porque
para ellos hay momentos del tiempo que no pasan. Se quedan. Se mezclan. Hacen
cola en el pecho. Y aquella noche también era 2 de abril de 1982.
Un viento
helado atravesaba las islas y seguía soplando, cuarenta y cuatro años después hasta llegar a Atlanta.
También era México, 1986. Y Wembley 1966.
Todo al mismo tiempo. Agarrando fuerte el corazón el fuego sagrado, y una herida
que nunca dejó de doler a un pueblo que aprendió a vivir con ella.
Había pibes con más sueños que años aprendiendo
demasiado pronto que la patria también podía doler. Había cartas que nunca
llegaron. Y ese viento frío. Y esa Argentina que siguió respirando.
Hay días así, en los que el tiempo deja de caminar
en fila y decide amontonarse. Como si la historia, caprichosa, eligiera
sentarse otra vez en el mismo banco del vestuario. Como si el Universo hubiera
decidido doblar el mapa del tiempo para que todos los recuerdos terminaran
encontrándose ahí. Todos juntos y a la vez.
Dicen que, antes que salieran todos a la
cancha, cuando el ruido todavía no había vencido al silencio, cuando desde el Starlink veían el planeta azul rebotando cual bombonera por los saltos de muchos locos, Diego estaba ahí.
Sentado. En el vestidor. Atándose despacito los cordones, como hacía siempre. Esperando a Leo.
Cuando lo vio entrar, sonrió. Con esa sonrisa de potrero que ahora parecía conocer todos los secretos del universo y del más allá que estaba trayendo al más acá. “Vení, Pulga...” Leo se sentó al lado. Ninguno
tenía apuro. Los dos sabían que las palabras importantes siempre llegan
caminando despacio.
Diego no habló de Inglaterra. Ni de táctica. Ni de marcas. Ni de presión alta. Los argentinos hace mucho saben que cuando hablan de fútbol, hablan de otras cosas. Hablan de un país que discute todo, que se pelea por todo, que cambia de rumbo una y otra vez... pero que, cada tanto, encuentra once tipos detrás de una pelota para recordar quién es.
Hablan del viejo que los llevó por primera vez a la
cancha. Del abuelo que escuchaba los partidos abrazado a una radio. De la vieja
que fingía que no le importaba y terminaba llorando los goles en la cocina. Hablan
del barrio. De la infancia. De los ravioles del domingo. Del amigo que ya no se
sienta en los asados. Y de esos chicos que quedaron para siempre mirando el mar
austral.
Porque las Malvinas no viven solamente en un mapa. Viven
en los silencios. En las fotos gastadas. En las cartas guardadas en algún cajón.
En las historias que cuentan los viejos a los pibes. Y en los nombres que
todavía algunos pronuncian bajito antes de dormir. Y ese día estaban ahí las islas también sentadas, al otro lado.
Diego apoyó una mano sobre el hombro de Leo. Fue un
gesto chiquito. Pero pesaba millones de abrazos.
“Escucháme una cosa... Hoy no vas a jugar solo. Con vos van a estar el Cabezón Ruggeri, el Tata Brown, Valdano, Burruchaga, Caniggia, Passarella, Fillol, el Pato Abbondanzieri, Goycochea, Bochini... y todos los locos lindos que alguna vez hicieron que este país creyera un poquito más en sí mismo.
También van a estar los millones que dejaron algo para que la Argentina
siguiera siendo Argentina”.
Diego levantó la vista, como quien
conoce atajos que los demás no vemos.
“A Dios no lo vamos a molestar, debe tener cosas importantes que hacer...” Hizo una pausa. Después sonrió con
esa sonrisa que nunca aprendió el protocolo. “Pero si vos me guiñás
un ojo... capaz que hagamos una excepción y lo llamo”.
Leo también sonrió.
Sonrió porque
entendía.
Entendía que
esa noche no empezaba solamente un partido. Empezaba una conversación de más de
un siglo entre un pueblo y una pelota. Una conversación hecha de derrotas,
milagros, barrios, exilios, madres esperando, chicos jugando descalzos y
hombres grandes que todavía cerraban los ojos durante los penales.
"Diego", preguntó Leo, "Decí, estás el paraíso ¿verdad?"
"En el Paraíso Pulga"
"¿Y cómo es allí?"
Leo sonrió. "Entonces... debe ser perfecto".
"Todos los días".
"¿Qué le falta?"
"Extrañamos los Mundiales, Pulga. Hay 5 minutos antes de un mundial, donde un hombre entiende exactamente para qué vino a la vida."
Diego entonces le acomodó el
cuello de la camiseta. Como un padre acomoda la corbata en un casamiento. Como
un abuelo acomoda una bufanda antes del invierno. Como una madre acomoda el
guardapolvo de su hijo el primer día de clases.
Y antes de dejarlo ir le dijo:
“Pulga, andá... Jugá como juegan los chicos. Con
alegría. Con coraje. Con esa inocencia que todavía les gana a todos los
dolores. Nosotros vamos atrás tuyo. Todos. Los que estamos. Los que ya no están.
Los de aquellas islas donde el viento nunca termina de callarse.
Cuando suene el himno, no mires la tribuna. Mirá un ratito para el sur. Muy al sur. La revancha dura noventa minutos. La memoria dura para siempre.
Y después,
Ganá. Ganá por ese pibe de ocho años que mañana va a salir al recreo creyendo
que cualquier sueño es posible. Ganá. Porque los ingleses podrán contarlo, pero
nosotros necesitamos poder recordarlo. Ganá porque a mí me tocó enseñarles que
los milagros existían. Y a vos te toca enseñarles que todavía existen”.
Diego lo dejó avanzar unos pasos.
Pero, justo cuando Leo estaba por
entrar en el túnel, volvió a llamarlo.
“¡Pulga!” Leo se dio vuelta. “Una cosa más. Vos jugá, como sabés. Y confiá. El resto..., el resto lo haremos nosotros desde la tribuna del cielo"




