lunes, 7 de junio de 2010

Desbarrando con el Instinto

Arrancar esos minutos que fueron mi obsesión. Arrancar sueños que nacieron y perecieron con bastón. Arrancar el deseo que se quebró en su pulso al tiempo… a la razón... Arrancar cada una de tus imágenes de este corazón.

Recoger los añicos de mi deseo. Recomponer un reflejo en su troceado espejo. Rebuscar en los escombros de las ilusiones, encontrar un semilatiente corazón. Dejar que vuelen demasiadas palabras claudicantes. Desintegrar cada pregunta en la respuesta de lo que no existió.

Arrancar todo tu sudor de mis poros. Arrancar tu mirada clavada en mi interior. Arrancar esas mariposas tejiendo… siempre tejiendo sin decoro. Arrancar el desierto de tu esperanza… Y arrancar todo el rencor.

Palpar un imposible que vi con relieve. Dejar de imaginar tu calor. Callar los besos, negar que existes. Volver la frente al tenerte enfrente. Asumir que renunciando, nunca me quisiste. Arrojar toda mi fuerza, como un ancla, para vivir bajo Vida, mas sin dolor.






sábado, 1 de mayo de 2010

Ilusión 399, o el Arte de la Mayéutica.



"Querida Mechi

Gracias por tu oferta de ayudar, pero hoy creo que tengo todo bajo control

Firmado: Dios."



Un “¡Alto!”. Un parón. Tener la ocasión de que alguien baje el mentón explicándote como se hace para mirarse uno adentro. Que te cuente como es necesario parar. Que es un regalo. Y que es necesario regalarse algo asi. Pararte a sentir. Darte un tiempo y mirarte “aquí” “aquí dentro de ti”. Para entender.

Y como, cuando después del esfuerzo que ese aparente simple hecho requiere, toda la bruma deja paso a la claridad. Cuando se alinea ese sentimiento de emoción con la visión. El sentimiento con la razón… Cuando sientes cómo se alinea todo. Y todo se dispara de nuevo, y sales alígera hacia aquella dirección, correcta, consciente, enfocando tu objetivo.

“Sentir que en ti no hay nada más grande”, citando a JOHN WHITMORE… Pero pienso que igual que podría citar a Daniel GOLEMAN, a HEIDEGGER, o a Benjamin ZANDER, (este último en cualquiera de sus direcciones de orquesta, cualquiera de sus conferencias, e incluso en su “The Art of the Possibility”… )

Si. Podría citar a un sinfín de Personas que empiezo a conocer… en este embriagador mundo nuevo, que me enamoran. Un mundo nuevo donde, como decía el Principito, lo esencial es invisible a los ojos… y como aprendí en un viaje a Birmania, eres capaz de escuchar como va latiendo cada corazón.

“Acabo de volver de un campo que me curó heridas y me llenó de sol las

ideas.Es un vergel bellísimo que alberga hasta pavos reales y gallinas de

guinea. ¡Te hubiese encantado mi insolente!…y me hubiese gustado charlar

contigo al sol de la mañana conociéndote despacio, atentamente.Llenarte de

preguntas ansiosas por beber las respuestas y que me hables de tu vida de

sangre, ideas, anhelos, caricias y saliva.Verte en las pupilas el reflejo del sol

y las luces de este alma salvaje que te escribe.” Diario de Pat.

Podría referirme al igual que se refirieron Los Grandes, a “la comadrona de almas”, a matar el concepto de hombre como recipiente vacío que se llena de lo “de fuera”, para dar vida a ese concepto de hombre como proyecto, que posee todo el potencial, y más, para convertirse en de todo, lo mejor…

Podría referirme a cuando la "
pasión desborda las razones"…

Podría referirme también al llamado “FLUJO”.
Usted se encuentra en un estado extático en el que se siente como si casi no existiera. Así es como lo he experimentado yo en numeraosas ocasiones. En esos casos, mis manos parecen vacías de mi y yo no tengo nada que ver con lo que ocurre sino que simplemente contemplo maravillado y respetuoso todo lo que sucede. Y eso es algo que fluye por sí mismo.”… MIHALY CSIKSZENTMIHALYI, Flow:
The Psychology of Optimal Experience & Play and Intrinsic Rewards”

En cualquier caso, avanzo. Descubro. Todo se llena de colores. Es un mundo igual de mágico que el que me han descrito mis padres al pisar Nueva Zelanda. Parece que salto de Yo en Yo. Y parece que, de nuevo, empiezo a dejar atrás a quién no me acompaña. Es curioso que gráficamente imposibles, se puedan yuxtaponer estas imágenes “al hacer este ¡Alto!, estoy dejando a todo aquel que no me sigue”. De golpe. Como ya hice. Para subir un escalón más. Que inexorablemente aparece trazado en una inquietud, constante y latente. Muy interior. Muy mía.

Al fin y al cabo, citando ahora a Talmud, “No vemos el mundo como es, sino como somos”… Y muy probablemente se limite todo a eso. A ese control. A pensar que controlamos. Y por lo tanto, a controlar de verdad.

Cada uno puede dejarse avasallar por los millones de cosas que nos despistan de nuestro día a día. O hacer ese ¡Alto!. Y parar. A reflexionar. Con la más profunda disquisición que somos capaces de realizar de nosotros mismos. Y dejar de atiborrar esa máquina hacia su capacidad máxima sin darle un respiro en plena montaña.
En cualquier caso, lo importante es que cada uno pueda elegir. Y es libre de elegir. Parar a reflexionar y mirar su entorno. O seguir sin prestar atención a esa intangente expresión de las cosas, sin pararse a oir de otra manera a las cosas... en cualquier caso, que sea por elección propia... "Cada uno está donde elige estar. Y elige asi lo que es. Lo que quiere alcanzar. Y vivir hacia su “I have a Dream” por el que Personas como Martin Luther King, Jr. Murieron…

"We choose to go to the moon...". El sueño es gratis. El viaje no. La primera (a lo Porter) barrera para que las cosas no sucedan, somos nosotros mismos... La vida, esa elección tras otra. Esos continuos costes de oportunidad. Levantarse cada día con la gratificante sensación de estar en el camino de pelear por lo que queremos, sin dejar que, por no tener las herramientas suficientes, otros elijan por nosotros. Porque, "el que sabe valora. El que valora distingue. El que distingue diferencia. El que diferencia elige." Yohi Yamamoto.

Creo que podría seguir enlazando tantísimas cosas llenas de nuevos matices...

Asi que ya para terminar, solamente voy más allá, pero me quedo aqui... (otra expresión de cariz ambivalente... solo pretendo decir que aqui lo dejo, pues podría ir más allá aún, digamos que al más allá... pero eso, como diría David, "hoy no toca"...) : una vez obtenido, ese Sueño, no relajarse, no dejarlo volar. Sino que, a lo Gabriel Aresti defenderlo como lo hace con cada una de sus palabras en su “se perderá mi prole, pero la casa de mi padre seguirá en pie”.


"- ¿Y quién le enseño eso, doctor?
- El sufrimiento – respondió en seguida el médico."

Albert Camus, La peste.

lunes, 22 de febrero de 2010

Esto no es una ilusión


Ayer, finalmente, no gestioné mi domingo como tenía previsto. Mil y una ambrosías espontáneas que de repente regala la vida, lo impidió. Quería haber compilado con el esmero que merece todo lo que he escrito hasta ahora. Con su orden. Con sus espacios. Con su impresión. Con su portada. Inclusive, con su edición. No se el tiempo que me supondría eso, pero este domingo era el momento idóneo para organizarlo. Como cuando encuentro idóneo el momento de, abrir mi maletín, romper el plástico del lienzo elegido sin ningún azar, servirme en la enorme copa el Marie Brizard, poner esa música a tope, y encender esa pipa. O cuando en algún húmedo invierno alumbro las velas para tocar el piano y, encorvada, me enrollo una manta marrón y creo durante horas ser el mismísimo Chopin, interpretando, languideciendo, tosiendo. O cuando escribo en el papel rasgado con esta pluma, desvelada en plena noche, pues urge demasiado que cuente aquello que quiero plasmar en el manuscrito que se empapa de tinta negra, de palabras, de frases y de historias que de cualquier otra manera no tendrían un lugar para existir.

Los domingos son mágicos. No entiendo la nostalgia de un domingo. Entiendo su urgencia. Y su capacidad de creación. Su matiz kundalini. Pues bien. Ayer necesitaba reorganizar mi puntual caótica vida, reordenando un, de repente impresionante ordenado pasado. En parte porque temo dejar de estar aquí de repente por todo eso que pensaba desde muy joven. En parte porque todo esto que he elaborado a lo largo de los años siempre fue mi manera de ganar el pulso al tiempo. Es mi forma de perdurar en el tiempo. Y un escalofrío me recorrió desde la nuca hasta las sienes cuando, de repente, vi, el pulso ganado…

La increíble sorpresa fue encontrar, en un sobre cerrado con una pegatina en forma de diana, una carta que decía:

“a la Gema futura
para cuando dudes.
de parte de la Gema de 1996,
1 semanas antes de irme a Madrid”


No recordaba haber escrito esa carta. Se que es imposible recordar todo lo que he escrito a lo largo de tanto tiempo, pero siempre suelo tener una remota idea. Recordaba, eso si, en numerosas ocasiones haberme escrito “a la Gema futura”, y haberme, de esta forma, correspondido (de corresponsal) en el tiempo con mi actual yo. Con mi futuro yo. “Esto lo escribo para la Gema de dentro de 10 años” solía decir. Si, eso lo he hecho mucho. He hablado con mi futuro yo. He pensando a través de mi pasado yo.

Mientras recorría esas líneas encapsulada en un remanso de aislamiento mundano, no se cuantas horas debieron pasar. Pero la sensación fue hartamente reconfortante. Un infinito poder sobre el tiempo. Que ayer me dejó atónita. El contenido… claro, para mi es muy importante. Pero no deja de ser el fondo de esta impresionante forma de…

Una chica de 16 años temía que la misma de 24, 25 o 26 (no lo tenía claro), no quisiera volver a Ibiza después de irse a estudiar fuera. Y daba las razones por las que debía volver. Las enumeraba. Y eso no es todo. Las enumeraba de forma muy sintética y muy clara, analizando tan y tan segura de si sus prioridades. Las cosas que le hacían, sin ningún lugar a duda, tan y tan feliz: la música, el equipo, el deporte, el estudio, los amigos, y la familia. No había más. Tampoco había menos.

No se cuantas veces leí la carta. Al final de un buen rato, con la piel menos erizada pero el corazón agazapado en un puño, la doblé. Disciplinadamente, la cerré. Pegué de nuevo el círculo de la diana sobre el pico del sobre, como si nadie la hubiera abierto nunca… No sé. Fue una especie de respeto. Fue una especie de pudor. Puede que la Gema más futura aún, algún día, la vuelva a necesitar abrir, encontrando en ella nuevas y sabias soluciones…

lunes, 1 de febrero de 2010

Ilusión 312

Esta mañana, al salir a por mi café de las 10h00, vi en el parabrisas de mi coche una nota simulando una carta, con sobre, sello, dirección y todo, que simplemente decía: “me mudé, disculpa”. Sin firma. Sin letra definida. Sin ningún tipo de identidad. Fue una sensación extraña.

Historias de notas y coches tengo recopiladas unas cuantas. Y me vinieron a la memoria incluso las que no quería recordar… Sin embargo, focalizando en el presente mi atención, algo en el pecho me dio el vuelco necesario para, ligeramente, notarme caer. “Alguien se muda”. “Alguien desaparece”. Sentimiento contrario al del buen augurio del abejorro que entra en casa. Ahora parece ser que, sin tomar plena conciencia de la misteriosa identidad, ni de lo que todo ello supondrá, alguien hasta ahora presente en mi vida, decide perderse, escaparse, y zafarse de mi mundo.


"Una mujer se ha perdido, conocer el delirio y el polvo, se ha perdido esta bella locura, su breve cintura debajo de mí. Se ha perdido mi forma de amar, se ha perdido mi huella en su mar. Veo una luz que vacila, y promete dejarnos a oscuras.Veo un perro ladrando a la luna con otra figura que recuerda a tí. Veo más: veo que no me halló. Veo más: veo que se perdió. Una mujer innombrable, huye como una gaviota, y yo rápido seco mis botas, blasfemo una nota y apago el reloj. Que me tenga cuidado el amor, que le puedo cantar su canción. La cobardía es asunto, de los hombres, no de los amantes. Los amores cobardes no llegan a amores, ni a historias, se quedan allí. Ni el recuerdo los puede salvar, ni el mejor orador conjugar. Una mujer con sombrero, como un cuadro del viejo chagall, corrompiéndose al centro del miedo y yo, que no soy bueno, me puse a llorar. Pero entonces lloraba por mí, y ahora lloro por verla morir."
.
Es, evidentemente, un Óleo de Silvio. Y es, evidentemente, esta Mujer con Sombrero, la majestuosa Renée Vivien.


martes, 15 de diciembre de 2009

Ilusión 277

No fue su boca, ni su forma de besar. Ni su pelo rojizo enmarañado. Ni sus habilidosas manos. Ni su forma de abrazar. No fue el desplazamiento, de su cuerpo, en esa habitación suplicante al tiempo. No fue su aliento en mi cara, ni su forma de bailar sobre mi piel mojada. No fue hasta donde me iba elevando. No fueron sus ojos, vistos de tan cerca, como los que pudiera tener un gato cazando. No fueron sus palabras. Ni su suave piel. Ni su voz aterciopelada. Ni sus formas ni sus fondos. Ni su espalda. Ni sus hombros, ni sus brazos, abiertos,… siempre abiertos sobre mi. No. No fue hacerme volar. No fue solo hacerme volar. No fue su forma de cantar. No fue solo su forma de cantar. Ni la que siempre tuvo, tan y tan sexual de bailar… Ni su mar. Ni todo lo que, poco a poco, se abría en lo que rodeaba… Como puedo explicarte lo que fue… Fue todo eso y fue mucho más… todo lo que, en cuestión de simples segundos, era capaz de dar. Era capaz de volcar.
Marcaje. Eso es lo que fue. Fue marcaje.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Ilusión 223

UN PRELUDIO, SEÑORES.

“Uno, busca lleno de esperanzas, el camino que los sueños, prometieron a sus ansias” es no obstante genial. La imagen de ese camino, que los sueños prometieron a sus ansias, es la imagen del mejor posible de todos los mejores destinos posibles… “sabe, que la lucha es cruel y es mucha, pero lucha y se desangra, por la fe que lo empecina”… Vuelve a ser genial. Sabe que la lucha es cruel. Que es mucha. Pero lucha, y se desangra por esa fe que lo empecina. Lo encandila estando dispuesto a todo, estando dispuesto a más…

Evidentemente, de Enrique Santos Discepolo. Dicen que es un Tango. Si Señores. Un Tango. Aunque tiene todo el timbre elegíaco de ellos, no lo clasificaría tampoco como tal… Sin embargo.. ¿qué es Tango Señores?… ahí está el Grande de entre los Grandes… el Magnífico Piazzolla… Y, ya que estamos, juguemos con las palabras, Señores, juguemos… ¿Y cómo sigue después “Uno”…?: "Uno, va arrastrándose entre espinas y en su afán de dar su amor, sufre y se destroza hasta entender, que uno se ha quedao sin corazón...Precio de castigo que uno entrega por un beso que no llega a un amor que lo engañó...Vacío ya de amar y de llorar… tanta traición…"

lunes, 12 de octubre de 2009

Ilusión 179

Y un día leí en Malena es nombre de tango… “ De qué me voy a quejar, si perdí a Jaime es porque un día lo tuve. No, no cambiaría eso. Porque yo tuve suerte, mucha suerte, y si mi caída fue brutal, si me hice tanto daño, fue porque cuando me estrellé contra el suelo venía de muy arriba. De muy muy arriba”…

Está claro que, analizando la caída de Malena, se trata de esas caídas antes de llegar a la cima, pues desde la cima ya no te caes. Y durante la ascensión, una subida increíble, en la que la descarga de adrenalina te exalta, la belleza del paisaje te ciega, el aire tan puro te asfixia, y la imagen de la meta provoca que absolutamente todo, todo, sea la mejor predisposición.

Y la cima te la imaginas tu propio paraíso. Nunca el que te regalaría un tercero que no te conoce y, por lo tanto, no acierta… No. Te lo imaginas al milímetro a tus mayores ansias, a tus mejores sueños, a aquello que ni siquiera te atreviste a soñar. Incluso a parte de un mundo ajeno que quieres hacer propio pues, cuando te enamora algo, también te enamora su entorno, y su acceso a él…

Si levantas la vista, entre arroyos y valles, lagos y bosques, cabañas y colores, la cima se encuentra tan alta que se pierde entre las nubes que la rodean, a pesar de aquel cerúleo cielo, que te transmite con tranquilas palabras que claro que debes subir hasta ahí… cueste lo que cueste. A pesar de un todo. A pesar de un contra todo. Que más da lo que se complique el trayecto. Pues siempre se ve fácil cuando se sabe lo que se quiere… y yo… voy siempre con flecha… y se lo que quiero. Desde siempre lo supe… No puedes imaginarte la seguridad que eso da.

Abro los ojos… caigo de nuevo en la realidad, tengo el libro en las manos y sigo leyendo… Hace muy poco que he conseguido volver a leer… es como si aprendiera a andar. Y así resulta que leo poco a poco, porque mi mente se despista. Cada poco tiempo de lectura se despista. Y va a ese monotema. A esa alegórica cima increíble, idolatrada, ansiada, deseada, principio y fin que hasta hace muy poco, me había impedido hacer cualquier otra cosa que no se tratara pensar en ella… Hoy, tras mucho esfuerzo y la misma predisposición, consigo, concentrarme algo y a trozos leer… no mucho tiempo ha, eso me era imposible…

Preferiría que me regalaras un libro, o un plumier de madera...-Escúchame, Malena. Ya me he dado cuenta de que no te hace mucha ilusión, pero sin embargo este diario te puede ser útil. Escribe en él. Escribe sobre las peores cosas que te pasen, esas tan horribles que no se las puedes contar a nadie, y escribe sobre las mejores, esas tan maravillosas que nadie las comprendería si se las contaras, y cuando sientas que no puedes más, que no vas a aguantar, que sólo te queda morirte o quemar la casa, no se lo digas a nadie, cuéntalo aquí y volverás a respirar antes de lo que te piensas, hazme caso”

Cuantas veces he temido contar a terceros eso que he sentido… convencida de que jamás ellos lo podrían llegar a sentir pues, adoptan la vida en su vertiente cómoda, segura, estable, dócil… como si se tratara de niños que han asumido el ser educados para no tener ninguna inquietud más… He temido expresar hasta donde he amado, y hasta donde me han amado… para no dañar al que esa sensación no ha conocido. No ha vivido. No ha sufrido. No ha sentido. He escondido la ilusión de mis ojos, para no dañar a aquel de mirada calmada, que ya no tenía motivo de ilusionarse, pues la rutina habría invadido cualquier atisbo de ilusión…

Odiosa soberbia… cada uno es como es. Y es admirable la estabilidad. La inicial, o la de después de la tempestad, particular, de cada uno… pues cada uno tiene su tempestad.

Hace ya algún tiempo que dije que era difícil que algo me desilusionara… hace más tiempo aún que lo asumí. Más adelante, bastante adelante, lo pude exteriorizar. No es cuestión de despecho… o si es cuestión de despecho… el caso es que es cierto que ya nada me pueda desilusionar...(… ¿será eso el colmo de la desilusión…?)

"Y no tengas miedo, porque tampoco va a pasar nada. Nunca pasa nada [...]Mírame, Malena, y escúchame. He vivido casi medio siglo, he pasado por tragos mucho peores, y he aprendido que sólo cuentan dos cosas. Una, y esto es lo más importante, que nadie te va a poder quitar en tu vida lo que has bailado ya. Y dos, que a pesar de las apariencias, no pasa nada. Nadie mata a nadie, nadie se suicida, nadie se muere de pena y nadie llora más de tres días seguidos…”

Y sin embargo… cuando llega el final del final… cuando ya ni siquiera puedes ponerle al punto final los puntos suspensivos… cuando no te importa demostrar esa dureza a pesar de seguir amando… cuando en el fondo necesitas demostrarla para enfrentarte al desdén, al desprecio, a ti mismo…

Tras los dos meses en blanco… demostrarte a ti. Demostrar a mí… ¿Demostrar a quien más…? ¿Demostrar para qué…? De que sirve ser el más fuerte de los fuertes para que, la próxima vez, si es que existe una próxima vez, la coraza que haya que abrir, dañe tanto a ti, tanto a él… Y si. Si. Prueba superada… has superado ese sueño parecido al amor… Has aguantado. Cuando has tambaleado, no lo has demostrado. Cuando querías gritar. No has gritado… Y cuando ya no podías mas, en un estado de ánimo veleidoso, cualquier subterfugio para dirigir tu debilidad servía, por muy humillante que fuera para un ego dolido, con tal de que él no viera tu debilidad… cualquier escapatoria servía. Con tal de resurgir, a sus ojos, capaz de seguir. De seguir sin que se vea más que fuerza y felicidad. Y todo se resume al suicidio de un sentimiento. Un sentimiento nacido no se porqué, pero de entre los mejores sentimientos. De entre los más bellos parajes. Con las mejores fragancias y candelas. Las mejores sonrisas. Los más bellos recuerdos de una vida. Las más increíbles ilusiones. Algo mágico que llega como un regalo… envolvente de asaz hedonismo. Como una explicación de todo, un principio de todo. Como el camino que siempre buscaste, la meta que siempre quisiste conseguir, que, sorpresa, te llevará a aquella otra meta, y a aquella otra más,… todas tan y tan altas… creando un sinfín de ellas, motor de inquietudes, sin suficientes pulmones para aspirar tanta y tanta vida…

Se que, tras algo así, puedo estar dos meses en silencio. Se que puedo matar lo que siento creyendo lo que me propongo creer… Creerme fuerte me hace fuerte. Lo odio.

Se que puedo vivir con alguien sin dirigirle la palabra, durante un día, dos, una semana, un mes, un año, dos años… y sobrevivir, con mi coraza. Asusta. Me asusto… Se que además, puedo hacer creer que soy feliz. Incluso despertar envidias ajenas por tanta felicidad… Lo odio.

Y luego que… una vez que eso se ha matado. Que, conscientemente, lo has tapiado para que deje de molestar. Para que deje de incidir de forma punzante en el camino que has trazado de forma laboriosa y consciente, y que al fin y al cabo se llama tu felicidad… Dime de que sirve… creerte capaz de conseguir poder matar todo lo bueno. De que sirve creerte capaz de algo así. De que sirve proponértelo, conseguirlo, sobrevivir… De que sirve no dejarte morir… si tu camino significa olvidar todo aquello que te hizo temblar. Te lanzó al cielo. Te enseñó a volar…

Recuerdo cuando me contaban…
“Hace más de un año que la he dejado… y sigue, de vez en cuando, alguna tarde más difícil, llamándome, llorando, diciendo que no puede vivir sin mi… y yo pienso… un poco de orgullo coño… ya no hay vuelta atrás después de lo ocurrido… un poco de orgullo joder, tiene que aprender a …” Y yo argüía: “A qué tiene que aprender… ¿a fingir? A no decirte a ti, que lo has sido todo para ella, a no decirte a ti lo mal que está… Evidentemente no te merece… el problema es que todavía no se da cuenta, pero se dará cuenta, en breve, que no te merece… ojala nadie me hubiera nunca enseñado a fingir…”

Esa pureza… ese estado en su puridad que muestra a flor de piel los sentimientos, sin esconderlos, sin luchar contra ellos… cuando ya no se puede luchar… cuando son los sentimientos los que te derrotan. Y más lucha significará matarlos. Y por lo tanto, suicidar mucho de ti…

Y es que en este mundo no son las personas las que derrotan. Deberían ser palabras prohibidas, no se debería hablar, refiriéndose a las personas de derrota, de fuerte, de débil, de orgullo, de ego, de mediocridad… para tratar este tema. Y no comparar. Y no encasillar. Y hablar exclusivamente de un tú. Y de un yo. Y de un hacer lo que haya que hacer para que sea para siempre. A pesar de todo. A pesar del otro tú. A pesar del otro yo. A pesar del resto del mundo, que no dejará de girar. En aquella forma que diablos quiera que sea. Mañana podemos dejar de estar aquí, y, no haber dicho nada.

“De nada –contesté–. ¿Puedo preguntarte una cosa?
—Claro.
—¿Tú comes vísceras?
Se echó a reír y encogió los hombros antes de contestarme.
—¿Por qué quieres saber eso?
—Es un secreto. ¿Comes o no comes?
—¿Callos, riñones, sesos y cosas así? –preguntó, yo asentí con la cabeza–. Sí, claro que como. Me gustan mucho, sobre todo el hígado encebollado, los riñones de ternera y las mollejas.
—Lo sabía –murmuré.
—¿Qué?
—No, nada.
—¿Otra vez nada?
—Sí... ¿Puedo pedirte un favor? –me levanté, cogí el vaso de la mesa, y le miré. Él asintió con la cabeza. Intentaba disimularlo, pero estaba muerto de risa–. Déjame tumbarme en el diván.
—Pero ¿por qué? –estalló por fin, en largas carcajadas nerviosas–. Si eso está pasadísimo de moda.
—Ya, pero me hace ilusión.
Sin dejar de reírse, movió afirmativamente la cabeza.
—¿Y qué me vas a contar ahora?
Su voz sonó desde un lugar muy cercano, situado justo detrás de mi nuca, y me giré perezosamente sobre un costado para encontrarle precisamente donde suponía, sentado en una silla.
—¿Qué haces ahí?
—Ah, ésas son las reglas del juego. Si tú te tumbas en el diván, yo me tengo que sentar aquí.
—Pero entonces –sonreí–, tú me ves a mí y yo no te veo a ti.
—De eso se trata –bajó el volumen para cambiar de tono–. Y te advierto que luego te tendré que cobrar.
—¿Sí? –pregunté, estirándome para verle la cara.
—Desde luego. Es la tradición. La escuela clásica se muestra rigurosamente inflexible en ese punto –y fingió que se ponía serio antes de sonreír–. Me puedes pagar en vísceras.
—Muy bien –reí–, acepto.
Entonces me tendí nuevamente de espaldas y empecé a hablar, y hablé durante mucho tiempo, más de una hora, tal vez dos, casi siempre en solitario, a veces con él, y le conté cosas que jamás le había contado a nadie, vertí en sus oídos todos los secretos que me habían atormentado durante años, verdades atroces que se disolvían como por ensalmo en la punta de mi lengua, estallando en el aire como una burbuja vana, aire relleno de aire, y me sentía cada vez más ágil, más ligera, y mientras hablaba, desprendí mis zapatos del talón y jugué a balancearlos con los dedos de mis pies, levantando sucesivamente las piernas para mirármelas, doblando las rodillas, volviéndolas a estirar, uno se me cayó y no lo recogí, el otro permaneció en precario equilibrio sobre mi empeine, y el tejido de las medias empezó a molestarme, pero era una sensación casi agradable, cálida, hasta divertida, me gustaban mis piernas y no quería ver arrugas sobre ellas, así que fui estirando el tejido con los dedos, muy suavemente, de arriba abajo, y a la inversa, ahora un muslo, luego el otro, y a veces me daba cuenta de que aquélla era una actitud demasiado frívola para un discurso tan serio como el mío, y decidía estarme quieta un rato, pero me giraba un poco para mirarle y él me sonreía con los ojos, y las piernas se me levantaban solas, y las arrugas de las medias tentaban irresistiblemente a mis dedos, y volvía a estirármelas sin dejar de hablar, levantándolas por orden, primero la izquierda, luego la derecha, juntándolas un instante en el aire para separarlas luego, cambiándome de pie el zapato que conservaba hasta que ya no me quedó ninguna cosa terrible que contar.
—Por eso maldije a mi hermana –dije al final–. Sé que parece ridículo, pero en aquel momento, yo sentí que tenía que hacerlo.
Esperaba escucharle, pero todavía no dijo nada. Entonces me incorporé sobre el diván y le miré, y encontré su mirada, honda y concentrada, los ojos agrandándose en el trance de mirarme.
—La maldición es el sexo, Malena –dijo, muy despacio–. No existe otra cosa, nunca ha existido y nunca existirá.”