martes, 3 de marzo de 2009

Ilusión 82

Y podría despertarme entre sábanas blancas. Limpias. A tu lado. Sabiendo que no has estado durmiendo bien. Habiéndo notado tu cálido cuerpo inquieto dando vueltas, cambiando de posición durante toda la noche. Pronto. Teniendo todo el día por delante.

Podría ser en la habitación del ventanal de la preciosa casa decorada a conciencia, que da a una enorme playa de arena blanca y mar azul. Podría ser Formentera. Podría ser. Podríamos desayunar en nuestra terraza preferida, soleada y junto al inmenso mar. Y entonces me confirmarías que no has dormido nada en toda la noche. Y que me has observado. Me hablarías de lo lento que respiro mientras duermo. Muy profundo. Tan profundo que me consigo relajar tanto que prolongo las expiraciones de forma suave, durante mucho tiempo. Entonces yo te contestaría que yo si que he dormido bien. Relajada. A tu lado. Que seguramente Podría haber recuperado esa energía que desprendía tu cuerpecito tan inquieto de día, y hoy, tan inquieto de noche. Y me sonreirías. Podría pasarme la mañana entre estos periódicos y estas conversaciones. Que empiezarían por mi respiración y continúarían por todo lo demás.

Y mañana sería lunes. Podríamos despertarnos de la misma forma. Con algo menos de tiempo, porque iríamos a trabajar. Pero madrugaríamos, eso seguro. Pues no se nos da muy bien el dormir. Y entonces sería el día el que nos daría la bienvenida a ti, a mi, al despertarle con nuestra luz. Intensa. Única porque interpreto que es única desde el primer día que te vi, y que me acerqué a ti. Y podríamos pasar asi mañanas y mañanas. Volcando luz. Puede que yo más inmersa en esas horas que tanto disfruto, haciendo cualquiera de mis cosas. Puede que tú, algo más distante, en esas horas que disfrutas, haciendo cualquier cosa de tus cosas.

Y puede que entonces nos las arreglaramos para, una vez a la semana, tomarnos la tarde libre y ver la puesta del sol. Aunque el sol receloso para guardarnos a su lado tardara en ponerse asi como dos horas. Y puede que entonces invirtiéramos todo ese tiempo en crear arte, con sombras, con piedras. Y seguramente, porque eso no se nos da nada mal, las horas nos pasarían volando hablando de música, de arte, de cine, de libros, y hablando de cualquier cosa de nuestras cosas. Cualquier cosa de las cosas del mundo. Cualquier cosa de tu mundo Norte. De cualquier cosa de mi mundo Sur.

Podríamos despertarnos asi todos los días hasta ese siempre que a ti no te gusta. Y podríamos ir al cine con tal de esa tarde darnos el capricho de, en una apretada agenda cargada por el diablo, comentar luego todas esas infinitas cosas por detrás de la imagen principal que “ el resto de la gente” parece no ver. Y podríamos viajar y emocionarnos planificándolo. Y podríamos ir a cenar por todos los restaurantes buenos dando nuestra propia vuelta al mundo. Podríamos ir a la ópera. Podríamos incluso filmar. Y yo te tocaría el piano alguna noche. Incluso alguna mañana te despertaría con ese sonido, solamente para oirte cantar. Y te despertaría leyendo. Y bailando. Porque no sabes que yo, por las mañanas, suelo bailar…

Y puede que con el paso del tiempo parecieras volverte más distante. Y puede que con el paso del tiempo pareciera volverme más solitaria. Puede que con el paso del tiempo pareciera que todo se relajara. Cuando en realidad todo se asentaría pues es imposible vivir cada segundo, hasta aquel siempre que yo tanto repito, con esta intensidad… Y puede que por turnos activáramos. Nos sorprendiéramos. A veces tanto tú. A veces yo más.


Y podrían ser tantas más cosas… que me cuesta bastante más de 4 horas volver a reaccionar…

Un abrazo,

miércoles, 14 de enero de 2009

Ilusión 113

Toda la casa duerme. Duerme toda la ciudad. Me siento invencible, hoy, para conseguirlo. Para encontrarte. Tengo en las dos manos una taza hirviendo de café. Lo noto recorrer mi pecho y como me invade, me encanta. Se nota el vaho condensado en la ventana porque fuera debe hacer un frío espantoso. Y esa humedad…

Tengo encendida la lámpara del sofá más cómodo que creo que exista. Mi espalda apoyada en el respaldo, se acomoda. Si. Estoy preparada. Para conseguirte. Tú, tan ansiada. Tan necesaria en mis días. En mi vida. En esta locura que se transforma en tormento y agonía sin solución. Hoy he amanecido antes, para recibir el día resuelta a conquistarte. A lograrte. A tenerte hasta el último día de mis días.

Noto que mis poros están abiertos. Por un laborioso trabajo. O por un claro instinto de supervivencia. Hoy te buscan y emanan mis fragancias, mil partículas químicas para atraerte hacia aquí. Para hacerte mía. Todo es predisposición. Todo lo he ambientado. Y he elaborado un decorado y creado un microclima, para encontrarte al fin. Hoy, estoy tan decidida. Quiero que ocurra a través de mi ferviente deseo. De mi tenacidad. A través del dolor de mis días pasados que me repite que desde en ciernes, nada tiene sentido.

Abro mi libro. Relajo mi cuello y mi espalda, y de nuevo, bebo café. Hoy estoy preparada para recibirte, Vida. Consiguiendo el milagro de olvidar su olor. De olvidar su voz. Olvidarla toda ella. De olvidar su peso. Preparada para olvidar el color de sus brillantes ojos, de su pelo, de su forma de fumar, de su forma tan y tan sexual de bailar…

El primer cliente del año


Entra en mi oficina el primer cliente del año…

- Buenos días… esto que tenéis en la ventana, ¿son casas para alquilar?

A lo que, manteniéndolo en el oído, pero apartándose el auricular de la boca, responde S, la más leal de las escuderas del Reino Torres, con su mayor sonrisa y mano izquierda, para dar una explicación a la vez que busca la complicidad del cliente:

- No, no son casas para alquilar. Son Citas.

- Ah… - dice el primer cliente del año…- dirigiéndose a A, otra escudera, recién integrada en el escuadrón de defensa del fuerte, que observa muy atenta - bueno… es que yo tengo un restaurante que querría poner en alquiler y quisiera que lo expusieran porque…

- No, no… - Contesta A - es que lo que tenemos expuesto, sabe Usted, son Citas. – Argumentándolo con su mejor voluntad, pero con un tono más parecido a: “ a ver, que parte de la palabra Citas no entiendes..., que son frases, frases para que te las leas, y te vayas a tu casa a reflexionar. Reflexionar chaval. Que no te vendrá mal con la cara de zoquete que tienes…”

Y yo, todo esto lo observaba desde el despacho… Sonriendo. Ya nos podemos poner a vender pases para la luna que las niñas se entregarán a fondo para defendernos. Asumirán e interiorizarán la idea a capa y espada como hicieran valientes generales ctorresianos en la batalla de un día a día, en el fondo divertido. Se que les divierte porque me lo recuerdan cuando, sin razón alguna, se ponen a bailar con la música del despacho…

Debo cambiar la vitrina, que ya ha pasado la Navidad.

Ilusión 112

Esta mañana es mañana de Reyes. Se que soy incapaz de llorar, pues hace hoy mucho, mucho tiempo que no lloro… y sin embargo tengo unas ganas tremendas… Odio sentir esta dependencia. Sentir lo que siento cuando, al abrir los ojos hoy, lo primero que he hecho, ha sido pensar en ti. Lo mismo que hice ayer al dormirme. Pensar en ti y en ti. Y sin embargo tú… tú quién sabe lo que estarás pensando…

Mi memoria a veces demasiado exquisita me recuerda hoy otras mañanas de Reyes. Me recuerda otras noches de Reyes. Otras noches de rondas como la de anoche. Mi memoria a veces tan exquisita me hace ser hoy conscientemente que la tuya no es la única historia. Me hace ser consciente de que mi vida, la que estoy trazando con una colección histórica de noche de Reyes, tiene hoy ya mucho por contar. Contar historias que voy dejando, poco a poco, y la vez de golpe, irremediablemente atrás.

Pero volviendo no al futuro houxleiano, sino al hoy, hoy que vuelvo a despertarme con una única sensación de felicidad si te tengo en la planificación de mi día. Hoy que temo volver a ser de alguna forma lo débil que no quiero ser. Hoy que el sol puede salir en segundos y acto seguido tronar transformándose mi día en el peor de los días,… en el mejor de ellos… y todo independientemente de mi… Bueno, pues hoy, quiero afrontarte. Hoy te quiero abrazar sin soltarte. Hoy quiero zafarme, definitivamente, de ti. Hoy quiero que seas completamente mía.

Hoy miro a mi alrededor. Algo busco. Yo, 100 % autosuficiente. Yo, que estoy acostumbrada a dormir con mi único cuerpo. Acostumbrada a mi único peso, tan amado por no obligarlo a compartir otro peso. Acostumbrada a deleitar cada segundo de mi soledad, tan ansiada en el pasado, tan imposible en lo que ahora parece ser otra vida. Hoy que protejo mi cuerpo, tan admirable y endurecido tras compartir con quien no quiso compartir. Tan delicado por ser el reflejo completo de mi. Hoy, vuelvo a mirar a mi alrededor tras esta noche de Reyes. Hoy te busco. Porque un día, y no hace mucho, un día estuviste aquí.

Y porque con desatino por la energía que requieren de mi mis días, me transformo en perezosa por algo externo a mi. Y porque en mi solipsismo hay un intruso que lleva tu nombre, tu cara y tu cuerpo. Que no me permite apartarte de mis minutos ni de la importancia de mis días. Haciéndome soñar en cada momento inapropiado. Haciéndome dudar en cada momento inapropiado. Haciéndome reír, haciéndome vagar, imaginar, dibujar, viajar, rabiar, y penar, todo, en momentos inapropiados… Has entrado en mis circunstancias sin ni siquiera ser mía. Y entre desbarre de sentimientos, de balanzas imposibles entre pasión y circunspección, escusando esta tremenda intensidad con efugios y subterfugios de la única forma que se, que Eros calificaría de irrisoria, cuando tú ya has expugnado todo mi cuerpo, toda mi alma, toda mi piel, de la manera más irreverente, de la manera más cruel, de la mejor de las maneras, llevándome al cielo, apareciendo etérea, y despeñándome contra la flamboyante irrealidad… cuando todo se acaba, cuando vuelves allí. Al Universo de tus días. Al tormento de mis noches.

Es entonces cuando, frente a mi raciocinio que me dice que debo afrontarte, y encontrar la única solución erigiendo una estrategia para huir y dejar de dañar, es mi insaciante sed de tu cicuta la que le expone a mi fuerza de voluntad, con sus mismas palabras de sensatez trabajada durante años, que cualquier jirón que quede después del tórrido vodevil que se aproxima y muy a pesar de la tergiversación truculenta de terceros, será el mejor de los recuerdos de mi vida, y que todo, absolutamente todo, valdrá la pena…

Es así como caen rendidas mi lógica y mi coherencia, postradas a los pies de una divinidad que aparece con tu cuerpo.

Y a pesar del amasijo en el que has convertido mis minutos, te veo y me devuelves la paz. Y a tu presencia que enardece mi pulso cual mejor arenga expresada en silencio, le sumas el regalo de tu sonrisa sincera. Y olvido todo mi sufrimiento, mi sinvivir. Y mi desplazamiento vuelve a reconocer tu pulso, aceptando cualquier ardid para llegar directa a ti y a cuanto forma tu mundo que me dejas sutilmente rezumar entre fragancias, músicas, deleites y candelas.

Es también entonces cuando no se si son pensamientos propios o los tuyos los que profeso. Si veo tu piel cuando toco mi piel. Si veo en tu rostro una estela de mi rostro. Si emulo con mis gestos, toda tu forma de ser. Si cuando pienso mucho en ti, tu mágica recepción lo sentirá en cada uno de tus poros. Consciente de que esta fuerte simbiosis hace que pienses en mi cuando así lo deseo, me aterre el sufrimiento que te aterra y agonices al igual que yo, por mi vacío en tu espacio vacuo de mi, cuando en días me tuviste cerca… recordando los clisés tan nuestros a pesar de nuestra corta historia, y ajenos al resto del mundo, ciego, experimentando una anhedonia tan incomprensible para nuestro sentir.

Y sin mayores exordios, te veo, y sonrío. Y quiero más de ti. Sin que esta inmensa afirmación tenga un límite final. Sin que me hayas dado pie a ello. Tratando con desdén a mi raciocinio, y elevando al Olimpo del conocimiento las libidinosas ganas que tengo de ti. Borrando de un plumazo mi anterior exasperación por compartirte. Mi furibundo ánimo por esperarte sin obtener más que vagarosos silencios a medida que pasan los minutos y las horas de unos portentosos días por cuanto pueden ser infierno o de asaz hedonismo. Con una distimia ajena a mi. Con excéntrica reactividad a cada una de tus acciones, de tus palabras, de tus apariciones. Todas con alas, pues como te dije, solo te falta volar.

Más esta pluma, a esta altura, escribe para afrontarte. Y estratégicamente, ser capaz de marchar de ti. Tú que tienes otro. Tu, que en el fondo, únicamente me mantienes o me buscas como distracción, como capricho asertivo a tu fútil sentimiento, creyéndome revulsorio de tu histórica fascia llamada, pongamos, K. Tú, que haciendo apología de mi asertividad, abanderada de mi filantropía me defiendes ante quién dañamos, en realidad no creas más que una fantasía que percibo cuan más maravillosa historia que jamás me sucedió… Dibujándose como una alegoría, de lo que ocurre día tras día, persona tras persona, lo que a ti misma un día te ocurrió con quién ahora azoras al pronunciar mi nombre…

Resueltamente, solucionaré este lance. Sin ti. A pesar de ti. Para sobrevivirte. Pienso que mucho de todo esto es unilateral. Que la preocupación en la que se han convertido mis días no ocupa en tu cabeza ni segundos. Aunque al mirarme me llenes de puro O2. Aunque al abrazarme me hayas hecho tocar el cielo.

Pero no es sano que todo lo resumas, de repente, tú. Debo apartarte. Aunque no pueda soportar el peso de tu avizorar en mi nuca. Aunque sea incapaz de atisbarte sin que me deslumbre el color de tu piel. Aunque deba apelar a la actuación, a la soflamación de mis sentimientos, al tedio. Aunque deba amortajar y estrujar mi corazón para que deje de latir al verte, deje de sentir, convertirme en un ente páramo, cafre y cerril. Quedando solo la parte incisiva de lo que fui. Poniendo un oscuro redil a nuestra empática y fácil interacción por cuanto somos, en nuestra inmanente sustancia, parecido, inherente atracción, cuando estamos, cuando somos y siento que nos elevamos hacia un edén que nos espera, chafarrinándome unos sesos en los que hoy en día solo figuras tú por doquier, como principio y fin, duda y solución, para convertirlos en pirróneos a la hora de volver a ver tu figura, a la hora de reconocerte, a la hora de interpretar la sensación que, ineludiblemente, tendrán.

Soy consciente que para todo ello, te debo querer olvidar. Debo tener la fiel convicción de que será por mi bien. Y por el nuestro. Debo dejar de encontrar soluciones en lo que me sugestiona cada milímetro de tu cuerpo. Debo dejar de recelar de ti en cada minuto que pasa y no se lo que haces. Debo dejar de relamer mis heridas pensando en ti. Y evitar que tu recuerdo sea pretexto para dejar de producir, de sentir otros sentires, y de comparar con una prejuzgada insipidez.


Esta mañana es mañana de Reyes. Se que soy incapaz de llorar, pues hace hoy mucho, mucho tiempo que no lloro… y sin embargo tengo unas ganas tremendas… Odio sentir esta dependencia. Sentir lo que siento cuando, al abrir los ojos hoy, lo primero que he hecho, ha sido pensar en ti. Lo mismo que hice ayer al dormirme. Pensar en ti y en ti. Y sin embargo tú… tú quién sabe lo que estarás pensando…

Mi memoria a veces demasiado exquisita me recordará todo lo que sentí por ti. Lo que sentí por ti hoy, en una noche de Reyes… sumando a mi colección la historia de hoy, la que hoy creo más grande que - nunca y siempre - podré sentir.

domingo, 24 de agosto de 2008

Ilusiones 570

ALEX

Después de su habitual retiro anual, solitario, en Noruega, muy cerca del Dalsniba, en la cabaña que tenía reservada desde hacía 10 años y a la que volvía como el que vuelve a su casa de la Sierra en vacaciones, llegó a aquella isla. Todavía no se había adaptado. Demasiadas horas en solitario le hacían adquirir cierto aire salvaje en su comportamiento. Le hacían posicionarse con cierta incomprensión hacia el mundo en el momento de regresar a la civilización.

Después de los progresivos viajes entre amigos, de los viajes en pareja, y de los viajes en solitario, a medida que fue madurando, necesitó utilizar todos los días de sus vacaciones que agrupaba en 30 días continuados, en aquellos retiros. Empezó alquilando una cabaña en Argentina, en una islita del río Tigre, de Buenos Aires. Fue el primer año. Y a pesar de encantarle el concepto, no le terminó de gustar el entorno, demasiado turístico. Por eso cambió a Bulgaria, donde repitió tres años seguidos alquilando una cabañita por los Pirin Montains, cerca de un río, y de nada más. Allí fue cuando empezó a escribir de verdad. Los primeros días pasaban más lentos, hasta conseguir avituallamiento y encajar su aliento entre las paredes de madera. Al frío de las montañas. A la humedad del río. Adaptarse al silencio, y a su cuerpo, a su peso, y en definitivamente, adaptarse a él. Aguantar estar consigo mismo 30 días seguidos con sus 24 horas. Sin nadie más. Era un ejercicio. Solo valían paseos, footing, comer, leer, dormir y eso si, escribir. Escribir con su ordenador portátil, y a veces, su lámpara. Páginas y páginas.

Su extrema sociabilidad le obligada a estas limpiezas. De joven se hubiera tratado a sí mismo de loco. Sin embargo a medida del paso del tiempo, solamente ese mes le permitía crecer de forma desproporcionada. A veces se llevaba libros de arte, otras veces de historia, otras veces libros cualquiera… que desmenuzaba, releía, interpretaba, analizaba… Volvía alegre, sus amigos no entendían donde se había metido, pero tampoco preguntaban mucho, porque sabían que de nuevo entre ellos, estaría dispuesto y disponible para todo. Siempre. Igual que en el trabajo. Destacaba entre los mejores. Más sociable, más analítico… un líder entre líderes, un motor para su entorno social, un pequeño motor para la humanidad.

Más adelante le hablaron de Noruega. Y con bastante temor, cambió su destino búlgaro. Temor porque iban a ser 30 días entre unas paredes ajenas, una madera nueva que no reconocería ni su tono de voz ni su risa. Ni sus achaques de gritos ni sus saltos de alegría. Pero pronto se acostumbró. El cambio era a mucho mejor, sobretodo a partir del segundo año, cuando hizo coincidir ese mes con los paisajes impresionantes, atardeceres de auroras, que pasaba observando el lago y sus mil colores, cerrando mentalmente asuntos pendientes, y poniendo orden en sus ideas, y cuando todas ellas ya estaban perfectamente encasilladas, pensaba tranquilamente en la infinidad de ideas nuevas, en cosas en las que podía pensar solo cuando el tiempo lo permite. Ideas esbozadas en la frenética actividad, que se transforman en brillantes con la ayuda del tiempo y de la precisión. Y luego, solamente luego, se dedicaba a no pensar en nada.

Llegar a esa isla le recordó la sensación de esos retiros en los que, por su puesto, llegaba el ecuador en el que creía que iba a perder el norte sin poder hablar con nadie, sin aguantarse, sin ser capaz de rellenar una hoja… En los días que se pasaba durmiendo sin levantarse, o los que pasaba demasiado activo, demasiado emocionado, promoviendo mil ideas para poner en práctica, para solucionar tantas y tantas cosas…

Pensaba en todo eso apoyado en el balcón de su nuevo apartamento que daba a la bahía. Trabajo nuevo. Tenía una vista que, no era comparable con la del lago Dalsniba, pero era entretenido observarlo e incluso, de noche, los barcos como bailando sobre un agua tranquila volvían como en un ceremonioso ritual.

El sonido de un teléfono apartó toda la sensación de tranquilidad que, curiosamente, había sentido a pesar del duro día de trabajo.

- Si, ¿diga?
- Hola, buenas noches – sonó una voz demasiado alegre, acompañada como con un suspiro de alivio, de alegría -
- Buenas noches ¿quién es?
- ¿quién es Usted? – repitió la voz alegre, como exigiendo un derecho a saber.
- Pero si me ha llamado Usted.
- Si, pero no se con quién hablo…
- Mire… se equivoca.

Alex colgó el teléfono.
No le dio la mayor importancia. Quería recargar pilas lo más rápido posible y el nuevo entorno, a pesar de la tranquilidad y el olor a sal que se respira, era ajeno a él y no le daría, hasta la costumbre, un descanso automático… No le preocupaba puesto que tenía energía de sobra… Estaba convencido de que esos retiros le regalaban años de vida y meses de energía… Dudaba de la fuerza del individuo en sociedad… y se quedó durmiendo sopesando ese pensamiento.

Al día siguiente, después del mismo día duro de trabajo, le volvió a sorprender el teléfono…

- ¿Si, diga?
- Hola, buenas noches. – De nuevo una voz demasiado alegre para ser desconocida.
- ¿quién es?
- Buenas noches. ¿quién es Usted?
- Mmm… yo soy… Alex… ¿pero quién es Usted? Hágame el favor que son las 12 de la noche…
- Alex. Muy bien Alex. Encantada. Yo soy Elena.
- ¿Elena…? No la conozco yo a Usted de nada, ¿vedad?
- No.
- ¿y que es lo que quiere?
- Hablar con Usted
- ¿No se da cuenta de que se está equivocando de nuevo…?

Colgó de mala gana. No estaba dispuesto a perder un minuto más de sueño…

Y fue así como el teléfono de la casa de Alex sonó puntualmente, a diario, a las 12h de la noche. De forma incansable.

Y así fue como, en cierto modo, con el paso del tiempo, esa llamada fue esperada por el, de forma inconsciente... Sonaba el teléfono 6 veces, una única vez. Era el único sonido de las noches abiertas. De esas noches nuevas y húmedas de su vida. Un húmedo silencio que a veces decoraba el sonido de algún barco, y con exquisita puntualidad, un teléfono.

Lo que en un principio le pudo resultar tétrico, se fue transformando en algo reconfortante… y lo que empezó siendo molesto, se fue transformando en algo esperado. El esperaba esos 6 tonos, apoyado en el balcón, disfrutando de la tranquilidad del verano, y de su nueva vida… Y luego,…luego ya se podía ir a dormir.

Los días pasaban a veces más rápidos. A veces más lentos. Pero todas las noches pasaban lentas. Había dejado mucho atrás. Puede que los motores se resignaran a arrancar de nuevo. Puede que su pulso le exigiera un suspiro. Puede que la pérdida era tanta que pesaba más de lo que se hubiera podido imaginar, anclada a un recuerdo todavía demasiado fresco. Algunas noches se odiaba por tener esa memoria tan afilada. Sería mucho más sencillo pasar las noches con menos detalles rondando por ellas. Sería mucho más sencillo olvidar las cosas sin pensar. Creerse que nada de eso había ocurrido, o por lo menos difuminar el detalle de todo lo que había ocurrido… Pero eran tantas las noches que había estado acompañado, y tan intensos los recuerdos que a menudo, le seguía latiendo el corazón.

Por eso es que las noches si que pasaban lentas. Todas las noches pasaban lentas…

Fue al cabo de unos 20 días, que mientras, apoyado en la barandilla de su terraza, temió que las llamadas cesaran. Temió que las 12 no fueran acompañadas de ese pequeño ritual, de su ritual, en el que él era un Dios, y una extraña desconocida bailaba alrededor de una fogata pegando brincos y haciéndole reverencias que él, ignoraba o simulaba ignorar… era de alguna manera un Dios para alguien, y temió que ese alguien dejara de acordarse acordara si o si de él, al otro lado del teléfono, y de dar con él, a pesar de aquella manera tan extraña…

Por eso fue que, al cabo de unos 20 días - o puede que por muchas cosas más, puede que por la incansable insistencia, puede que por una nueva soledad que no recordaba haber sentido nunca antes, ni en los solitarios retiros en los que tenía consciencia de su propia presencia mucho más que cualquier cosa - una noche, se acercó al teléfono segundos antes de que sonara, para poderlo descolgar.
- ¿Si, diga?
- Hola, buenas noches Alex - De nuevo esa voz dulce, tan alegre que podía describirla como un poco cantarina, a la vez un poco melancólica…
- No te vas a cansar nunca… como te llamabas… ¿Elisa?
- No, soy Elena, Elena Alex.
- Bien Elena, dime que es lo que quieres. Llevas llamándome todos los días durante este mes a las 12 cada noche… ¿te crees que es forma de vivir? ¿Que es lo que quieres?
- Solo llamar.
- ¿solo llamar?
- Si…
- ¿Te conformas con eso, llamar?
- No se no hacerlo.
- ¿Pero se puede saber a que número llamas?
- Al 971 316555
- ¿Y porqué?
- Porque llevo haciéndolo desde hace mucho
- Ya pero antes te descolgaría otra persona. Otra persona que ya no está aquí, así que ya no tiene sentido seguir llamando a este numero.
- No puedo no hacerlo,
- ¿Por qué repites eso?
- Porque llevo llamando desde hace años, ¿entiendes?, todas las noches a las 12. Yo llamaba. Y él me descolgaba. Para charlar. Solo charlar. Ahora lo único que me queda es esta línea. Creo que no soy capaz de dormir si no llamo antes. Si mis músculos no se contraen para marcar este número, si no descuelgo el teléfono e intento llamar. Es lo único que me queda. Lo único.

Alex entendió entonces que se trataba de una extraña cuestión de supervivencia.
Sin ninguna otra lógica que poder analizar.
Elena era agradable. Decidió hacer por primera vez lo que no se hubiera imaginado unas horas antes, que era darle pie a esa chica psíquicamente desequilibrada… apartando la curiosidad de encontrar una lógica a sus llamadas, y dejando ese tema zanjado para ninguna pregunta más.

- Bueno Elena, y de donde vienes
- Vengo de la playa. Me gusta bañarme por la noche, cuando ya no queda nadie más que la noche, el mar y yo…

Indiscutiblemente no era una chica normal. Pero el tono de su voz y la imagen del baño hicieron que a Alex le agradara imaginarla. Se empalmó.

- Bueno Elena, me voy a dormir.
- Gracias Alex,… hasta mañana.
- Hasta mañana….

Y colgó bastante consciente del tremendo engranado que podrían encadenar estas llamadas sin sentido.

De nuevo tenía demasiada tensión para analizarlo mínimamente, y tras el desahogo, pudo dormir, por primera vez desde que llevaba en la isla, profundamente y de un tirón.

Y fue así como se sucedieron las noches, y se sucedió el tiempo. Alex esperaba las llamadas que a veces se alargaban hasta las tantas de la madrugada. En las conversaciones se limitaban a resumirse el día, a contarse anécdotas, a reír, a pensar, a soñar también un poco. Sin tocar el pasado. Hablando únicamente de presentes y de futuros. Únicamente resumiendo horas en las que más de una vez, pensaban en recordar para poderlo contar por la noche al otro lado del teléfono. Crecían confianza y cercanía. Crecían dependencia y amistad. Se sabían de memoria sus vidas sin saber el color que tenían de piel.

Solo una vez surgió de nuevo el tema tabú del pasado…

- Oye Elena, ¿porque no me llamas antes alguna vez?
- ¿Antes?
- Si. A veces nos alargamos hasta las 3 de la mañana… Podríamos llamarnos antes de las 12h…
- No tenemos otra hora
- Como sabes que no tenemos otra hora.
- Porque ya le he dicho que lo llevo haciendo desde hace más de 3 años…
- ¿¿Pero porqué, a quién llamabas? ¿sabes que al principio pensaba que estabas loca de atar? ¿Con quién quieres hablar y con quién me confundes?
- Quiero hablar contigo. Ahora que descuelgas…

El silencio absorbió las voces y las líneas. Al cabo de un momento de incómodas e interminables pausas colgaron.

El día siguiente todo continuó normal.

Elena era alegre. Llamaba cansada de los días duros de trabajo, y su voz era un poco más apagada entonces, pero Alex la asociaba a su carácter, puesto que no podía comparar. Alex por su lado empezó a abrirse más hacia esa desconocida porque finalmente apartó la idea de que pudieran acarear algún tipo de peligro unas simples conversaciones. El tiempo desmintió su primera idea de que fuera una loca, dejando asentados por el contrario claros indicios de que se trataba de una chica muy lista y además de interesante, interesada por temas muy parecidos a los suyos: el mundo del cine, el deporte, el mar y el sexo.

Esas fueron las noches más largas y cortas. Cuando la confianza rigió las palabras y los dos empezaron a desvelar, divertidos, toda clase de historias. Alex pensaba a veces que se trataba de un juego de niños, porque solo los niños se comportan con esa curiosidad y ese nerviosismo al desvelar todo lo que han hecho o pretenden hacer. Entonces se contaron experiencias, y entonces empezaron a jugar. Fue a partir de entonces que Alex le contó lo de sus viajes a Noruega, que no sabía nadie más que su familia, a la que ni de lejos había dado tantos detalles.

Fue mucho antes de eso que Alex aprovechaba la dulce voz de Elena para masturbarse mientras hablaban… con la imagen de un cuerpo desnudo completamente inventado, en la cabaña… y fue mucho antes de eso que Elena ahogaba en la almohada algún grito o alguna respiración más fuerte para que Alex no se diera cuenta de que hacía un buen rato que ya no seguía su conversación.
- Sabes, este teléfono es muy parecido al de un primer novio que tuve, seguro que si esto lo analiza un psiquiatra encuentra alguna conexión de frustración y querrá encerrarme…
- A ver Elena. Seguramente que si esto lo analiza un psiquiatra fácilmente encontrará más de un motivo para encerrarte.
Y ambos reían. Era un fácil y agradecido el humor con para el otro.

Un buen día Alex decidió llamarla fuera de horario. De día. Una improvisación. Teniendo la impresión de que se saltaba todas las normas nunca establecidas pero creadas a base de una costumbre arraigada.

Lo intentó 4 veces sin resultado. Al final, a las 4 de la tarde el teléfono de Elena se descolgó. Era el primer día que Alex marcaba su número. Era la primera vez que la escuchaba antes de media noche. En un principio no reconoció su voz. Natural. Inesperada. Alegre. Despierta. Dinámica

- Si
- ¿Elena? ¿Eres tú?
- ¿Alex? ¿Pero que haces?
- Nada, te quería llamar…
- No tengo mucho tiempo ahora, ¿te pasa algo, necesitas algo?
- Si. Tengo que verte.


ELENA.

Elena llevaba más de 3 meses intentándolo. Con desesperación. Después de haber regalado tantas horas a unos oídos demasiado egoístas. No se sentía estúpida, como creyó que sería su reacción. Se sintió desesperada. Hasta unos limites que nunca había imaginado alcanzar.

Descolgaba, marcaba un 971 316555 y esperaba…

Los primeros días, simplemente, la línea comunicaba.
Más adelante una señal más aguda como de error en tres tonos distintos parecía indicar que esa línea no existía. Que estaba llamando a la nada. Que las ondas no daban para más perdiéndose en algún agujero negro en los que tanto habían pensado. Esas llamadas no le devolvían ni siquiera un reflejo, un espejismo. No era ni la imaginación de algo por el otro lado. Tenía la impresión de enviar energía a un hilo cortado sin destinatario,… y ese gesto tan repetido, tan memorizado, tan automatizado, de repente carecía completamente de sentido.

Muchas noches, sumida en la desesperación de lo que empezaba a ser desencadenante de su locura, se las pasaba marcando ese número. Empezó en la época en la que comunicaba la línea… puede que, tanta insistencia, hasta que le sirviera de psíquico desahogo,

Al cabo del tiempo, ya no podía descansar ni trabajar, después de las noches completas marcando ese número.

Y justo al límite que creía que había alcanzado el tope de su locura, se impuso unas reglas. Unas reglas para sobrevivir. Pero unas reglas para, a su vez, sobrevivir. No podía dejar de llamar a ese número, estaba claro. Por eso el primer sobrevivir. Pero tampoco podía hacerlo de esa forma compulsiva porque al cambo del tiempo continuaba la frustración. Continuaba las mismas ansiedades, la misma desazón. Por eso el segundo sobrevivir.

Fue a partir del día en el que se impuso una serie de normas para seguir de forma obligatoria, cuando empezó la mitad de su vida. Llamaría una sola vez al día. A la misma hora. Se pondría una alarma para nunca olvidarlo. Se pondría como obligación prohibida la rellamada. A partir de entonces pudo hacer más cosas. Descansar por las noches. Concentrarse en su trabajo. Concentrarse con sus amigos. De toda la gente que le rodeaba, tan cercana a ella, tan ajena a esta situación. A partir de entonces empezó a no preocuparse por no estar en casa, hasta poco antes de las 24h. Su meta, era el día siguiente. Dirigía su esperanza a la siguiente llamada, al día siguiente, y su mente descansaba.

La segunda mitad de su vida empezó 6 meses después de aquel 7 de julio. El día que le descolgaron el teléfono. El día que comprendió que no todo era en vano. El día que se alegró de su insistencia, de su decisión de, a pesar de todo, continuar.


OSCAR

7 de julio

Oscar Plan se dirigía al aeropuerto de aquella isla. Se iba. Si, definitivamente se iba habiendo, al fin y al cabo, cumplido su función. Se iba de un barrio. De una calle. Se iba de una parte de su vida. Después de tres años. Una buena experiencia. Sin duda única.

Tenía la impresión de que, en unas horas, todo volvería a la normalidad y a penas recordaría este paréntesis. A penas recordaría las tardes repetidas por las calles de lo que al fin y al cabo no era más que un pueblo, con su gente, con sus barcos. Olvidaría la sucesión de las noches y de los días en aquella isla. Una vez que estuviera rodeado de la gran ciudad, se perderían como tantos otros recuerdos, y volvería a lo habitual, a lo cercano. A lo conocido. A lo querido. A lo cotidiano.

Enseñó su tarjeta de embarque a la azafata enfrascado en su mundo interno. La miró a los ojos. Sonrió. Dio las gracias. Era muy bonita. Dentro de muy poco sería incapaz de recordar el color de los ojos miel de esa preciosa azafata… pero tampoco le importaba mucho. Le regaló una última sonrisa. El era consciente de su atractivo. Eso le daba mucha seguridad. Sabía que le había gustado a esa desconocida azafata que se había sonrojado más de la cuenta con una simple sonrisa.

Entonces pensó en ella. En llamarla. Aún conservaba, haciendo poca memoria, su teléfono. En ese momento necesitaba llamarla, como lo necesitó en tantas otras noches. Su cálida voz, su risa… Si. Era sobretodo su risa. Y todo lo que contaba. Todo lo que le contó durante esos 3 años. Habían hablado Europa y del mundo. Del trabajo y de las vacaciones. Se sabía de memoria sus gustos y sus temores. Habían hablado de cine, de libros, de música, de arte. Habían descrito a la gente que rodeaba al otro y que nunca conocerían, hasta extremos tales y a estar tan fielmente dibujados que, como si hubieran visto una fotografía, que los podrían, de forma recíproca, parar por la calle. Se habían descubierto y desnudado. Se habían querido mucho. Incluso se habían odiado. Envidiado y perdonado. Se conocían más de lo que se conoce la gente. Habían pensado en viajes imposibles, hacia el pasado, hacia el futuro. Hacia los pensamientos, hacia los agujeros negros. Había hablado del tele transporte, de la crionización. Habían hablado de irse juntos de viaje. En irse juntos a dar la vuelta al mundo. Y justo al final, hablaron de irse juntos a vivir. De tener hijos. De educarlos. En tener nietos. De disfrutarlos. Entró en el avión. Lo pensó por última vez y, definitivamente, apagó ese teléfono. En unas horas todo habría pasado. En unas horas estaría muy lejos de allí. En unas horas ya no necesitaría llamarla nunca más.

sábado, 9 de agosto de 2008

Un 9 agosto de 2008


Tengo el despacho de la oficina patas arriba. He abierto todos los armarios y he sacado todas las carpetas para “organizarlo”. Ayer fue fiesta en Ibiza. Eso me proporciona un fin de semana bastante más largo que de costumbre, para poder ordenar ideas, las que voy apuntando en una carpeta que tengo titulada “ideario”, que por fin hoy tengo tiempo de abrir para leer, en lugar de tirar notitas y papeles, para al fin estructurar y poner en práctica.

El hecho, es que antes de abrir esa carpeta y pensar en como empezar esas nuevas buenas ideas que solo se consolidarán con ayuda del tiempo (siempre el tiempo, dicen que es el mayor aliado) y con colaboración (siempre colaboración, multiplica fuerzas), he decidido organizar lo que ya tengo creado, y como no, tirar todas las cosas inútiles.

Entre montones de expedientes, entre mis primeros juicios, primeras grabaciones en sala y cantidad de documentación que atenta contra los árboles amazónicos (que lo único que puedo hacer es reciclar…) y entre la cantidad de cosas que me han venido a la mente rompiendo y ordenando 6 años de trabajo sin pausas para esto que estoy haciendo ahora, he encontrado un plástico, con el lomo trasero azul y el delantero transparente, en el que había colocado un cuarto de folio en blanco, en el que había escrito concienzudamente a ordenador, con letras grandes y mayúsculas “ PAPÁ”.

Es curioso como había olvidado esa carpetilla. Hace ya años, colocaba allí todas las cosas que no tenía claras. Todas las preguntas que le quería hacer. Todas las cosas que me tenía que explicar, o todos lo consejos que quería recibir. De repente, mi mente me ha llevado a aquella oficina de 60 m2, a finales del 2001, y a principios del 2002. Mucho más joven que lo que envejecen 6 o 7 años, por todo lo que ha pasado.

Me he visto de fuera. No sabía nada. A todo decía que si. A todos los clientes les sonreía. Mi padre estaba a mi lado a veces. A veces estaba sola en la oficina porque él tenía que ver algún cliente o estaba de reunión. Yo no entendía que, conociendo su carácter, se enfadara tan poco conmigo cuando hacía las cosas mal. Cuando decía que si a algo que era que no. Cuando hacía algo de una forma cuando claramente había que haberlo hecho al revés. Me sonreía mucho. Me presentaba a todos. Me observaba y me explicaba las cosas sin tener en cuenta esos errores, demasiado bien recibidos. Yo tenía 21 años. Recién licenciada. El 66, con unas ganas locas de jubilarse. Estábamos los dos. Codo a codo. Nadie más que nosotros dos. Me quedaba por las noches dando vueltas a las cosas. Me quedaba, no hasta muy tarde, porque entonces no me dejaba, más tiempo que él, y apuntaba en folios dudas. Y guardaba en esa carpetilla expedientes, para, al día siguiente o cuando fuera que él tuviera un minuto, preguntárselo.

Con el tiempo me fui obligando a utilizarla cada vez menos, y a no utilizarla. Al principio no fue tanto porque ya no lo necesitaba. Necesitarlo era fácil. Había mil puntos de vista que compartir. Mil historias que comentar. Me fui obligando de forma consciente, para relajarlo. Porque ya llevábamos más de 6 meses trabajando juntos, porque ya estaban las niñas, que, a su vez, me preguntaban a mi… y no dejarían de hacerlo… Porque ya era por enriquecimiento. Por curiosidad. Pero también porque tenía 67 años y se había ganado con creces la tranquila jubilación. Los viajes, y toda es vida que tenía programada y de la que hablaba desde los 60, cuando ni habíamos empezado la carrera en Madrid.

Además, luego vinieron más personas en el equipo. Luego vino la mudanza. Y luego vino mi hermano.

No recuerdo el momento exacto en el que la carpetilla azul fue a caer en este armario. No recuerdo haberla utilizado ni una sola vez en este despacho, en la oficina nueva, en la que llevamos más de 4 años ya.

Mi padre sigue viniendo, entre viaje y viaje, de vez en cuando por la oficina. Le gusta esto. No me extraña. A quién no le abduce esta continua actividad. Esta continua fuente de todo, que te hechiza, te emboba y que te embauca el tiempo y no te deja marchar hasta las tantas de la madrugada.

Muchas veces se pasea solo para observar. Entonces las niñas que lo quieren tanto le preguntan “Claudio, ¿un café?”. Y él sonríe. Claramente está pensando en otra cosa. Entonces muchas veces insiste en conversaciones en las que involucra su opinión con alguna idea que, con el ritmo que tenemos, nos parece absurda. Entonces insiste más. Muchas veces terminamos a gritos. Somos los tres bastante expresivos y aunque en seguida se nos pasa (carácter Almunia), puede que desde fuera impresionemos bastante. Pero, finalmente, mi hermano y yo, aliados hasta extremos inimaginables, no le damos la razón. Entonces él termina por decirnos que la experiencia nos lo hará ver, más adelante, y de forma extraña, calma el ambiente.

Voy a poner esta carpetilla encima de esta mesa. La he limpiado porque está llena de polvo. Como al principio. No para preguntarle, sino para guardar recopiladas las cosas que él va diciendo. No se parece nada su sistema de trabajo al nuestro. El nuestro es más rápido. Obviamente, gran parte se debe a que lo tenemos todo informatizado, no es mérito nuestro, sino de la ciencia. Además tenemos más volumen porque hemos ampliado las actividades… Él se pasaba horas hablando con los clientes. No le importaba porque parecía nunca tener prisa. Les contaban su vida, y él opinaba de todo. En realidad es que sabe opinar de forma agradable sobre todo, y además, cuando le apetece, solo cuando le apetece, entonces te regala alguna historia extraordinaria sobre Marruecos que de deja asombrado al que se ha transformado en su oyente, que de repente quiere más.

A pesar de su carácter. A pesar de su exigente actitud. A pesar de su fuerte voz, que emplea demasiado a menudo… todo el mundo le quiere. Todos los clientes que lo conocen preguntan por él, y si tienen la suerte de encontrarlo en la oficina, todo son sonrisas y abrazos. Nada de falsos. Nada de exagerados. Son abrazos de un cariño real. De un sentimiento que han cuajado los años. Los problemas. La historia. De una época que jamás conoceré. Una humanidad que no he llegado a dar a mis clientes. Porque soy más fría en las relaciones. Porque no le puedo dedicar más tiempo a uno sin que le esté quitando tiempo a otro. Puede que un tremendo error…

Si, voy a poner esta carpetilla encima de esta mesa. Se que, como mínimo, me traerá suerte.

Un abrazo.

sábado, 31 de mayo de 2008

PURA VIDA


Suena un violín. Me doy cuenta de que nada puede sonar tan triste como este violín. Está todo oscuro. Solo se oye el canto del violín. Su lamento. No veo nada de luz a mí alrededor. Me pesan los párpados. Intento concentrarme en el sonido que asciende, agudo, lento, crujiendo a veces las hebras del arco al retomar las cuerdas. No consigo abrir los ojos. Mantiene una nota y la hace vibrar. Creo percibir algo de luz al fondo. Permanece vibrando mucho tiempo. No puedo levantar los ojos. Me guía, me llama. Me pesan demasiado. Es un sonido triste. Me daña la luz. Crece en intensidad y en arpegios. Intento enfocar la luz. Son las notas más tristes del mundo…

Tengo sueño. Tengo mucho sueño.

De nuevo el silencio.




Solo silencio




No siento mi peso. El silencio ha envuelto cada uno de los rincones de la habitación donde permanezco tumbada. Donde permanezco inmóvil. No se cuanto tiempo llevaré aquí. Solo quiero dormir. No me responde ningún músculo del cuerpo. Pero no me importa. Tampoco se lo que hubiera hecho en caso de que me respondiera… No me siento. Ni siquiera puedo palparme, ni notar mi respiración. Tengo sueño… mucho sueño…



Desde muy lejos vuelvo a escuchar el triste violín. Esta vez está menos oscuro y creo reconocer una pequeña silueta que lo sostiene. Toca lento, toca bien. No puedo erguirme porque tengo la espalda pegada al suelo. No puedo ni siquiera levantar el cuello. No lo noto. No me noto. Las notas se van acercando a mí. Me vuelven a llamar, descendiente de los agudos, de nuevo vibrando. Pienso que parece un pájaro enjaulado. Nunca había escuchado nada tan triste en el mundo…




De nuevo, el silencio



No se cuanto tiempo llevo así… Tengo sueño… mucho sueño… no consigo mantenerme despierta…





De nuevo ese violín. Está utilizando notas más graves, más densas pero ligeramente más alegres. Abro los ojos con dificultad. Las notas se enlazan fácilmente. Intento levantar el cuello. Sube lentamente a los agudos. Enfoco. Es un niño. Es un niño tocando el violín. Es un niño con el rostro más triste que he visto nunca. Su técnica es trabajada. Con unos dedos que conocen de memoria las cuerdas y con una muñeca que conoce el peso del arco. Tiene los ojos ligeramente abiertos. Siente la música que toca. A la vez permanece mirándome a mí. Su música me llama. A pesar de él. El parece haber vivido más de lo que un cuerpo de su peso puede soportar haber vivido. No es él el que me llama. Si sus notas. Intento erguirme. No soy capaz. Sigue acelerando, en crescendo, en arpegios que suben a los agudos. Manteniendo las notas en los agudos. Me llama con su música y no soy capaz de seguirle. No soy capaz. Sin embargo se que me acompaña. No reacciono como espera. Pero por alguna extraña razón me acompaña, a su manera. Es lo que quiere hacer y lo sabe hacer... Tengo mucho sueño. No puedo mantenerme despierta. No puedo.



De nuevo silencio.



Oscuridad y silencio



Debo llevar más de 1 semana en este oscuro cuarto. Bajé las persianas para no recibir la luz del sol. Es normal que lleve aquí encerrada todo este tiempo después de lo sucedido. Pasará. Pasará porque todo pasa. Porque el tiempo lo curará. Y entonces podré volver a abrir los ojos. Podré erguir el cuello. Podré volver a levantarme despegando mi espalda del suelo. Podré abrir la persiana. Podré soportar la luz. Podré caminar y hablar con la gente. Como si nada. Como si todo fuera normal. Sin ni siquiera resignación. Sin que se trate de una aceptación. Sin que se trate de una derrota. Sin que se trate de otra cosa más que de la pura vida.

Y todo volverá a sus orígenes como una cruel ironía.
Sin embargo, a partir de ahora, se repetirán muchas noches, en las que escucharé en plena oscuridad, este violín, el violín del niño de triste rostro, concentrado en su instrumento, enroscado en sus notas, consiguiendo hacer sonar la música más triste de este mundo.