No he ido a M. a buscarte.
He ido a V.
Por sus portales me amaste en un pasado. Por cada rincón me amarás en un futuro. Y con cada uno de sus poros me amas sin intermitencias, en un eterno siempre.
Así hoy te siento.
Aquí.
sábado, 21 de abril de 2012
lunes, 16 de abril de 2012
Ilusión 9322
¿Qué
es lo que hubiese ocurrido con Dante, si a Dante se le hubiera aparecido la mismísima
eterna Beatriz una tarde a finales de noviembre, para hacerse realidad más allá
de sus sueños, más allá de sus letras, de la más imposible de las maneras, de
la más bella manera, durante cuatro lluviosos años?
martes, 10 de abril de 2012
De lo sublime kantiano, y del caminante sobre el mar de nubes.
A ratos las Salinas se transforman en lo sublime de Friedrich. En ese abismo kantiano yo quisiera enseñarte todas aquellas cosas que desconoces. Como el pulso de la noche en el pecho de todos los amantes que un día fueron. Como la forma de la niebla en las geografías de tu espalda. O como el olor de la estepa blanca de tus pezones de loba. Acércate. Desnuda tus ojos para oir este mar. Pestañea con el alma para no perder ni un detalle, mientras yo pido perdón a los Muertos por sentirme inmortal y feliz. Acércate y dame tus manos tan puras de puro blanco. No temas. Sólo quiero que sientas el pulso de la noche en mi pecho. Sólo quiero enseñarte a rezar.
lunes, 2 de abril de 2012
Saber morir
“Oh, Critón, debemos
un gallo a Asclepio. No olvidéis esa deuda”. Sócrates al pronunciar esas
palabras tenía ya casi frío el vientre. El suministrador de la cicuta les dijo
que, cuando le llegara al corazón, moriría.
Platón nos cuenta en el Fedón, muchas de las cosas que el
maestro de la mayéutica (tan fiel a la profesión de Madre) nunca paró a
escribir.
No sé cuantas veces habremos de sentir exactamente igual
esa cicuta subiendo lentamente por nuestros cuerpos, con idéntica congelación
ascendente, como liba por un cuerpo los abismos de aquella emoción de la que
desconfío llamada nostalgia, porque siempre me remite a un pasado que, desormais, no tiene opción alguna de
retorno.
Colocándome por encima del bien y del mal, dejo que todas
las lenguas de los amantes que un día fueron, expugnen de mi cuerpo recensiones
apasionadas. Como en la salmodia de los poetas que nunca lo fueron. Por la
nostalgia de todo aquello que nunca ha sido. Yo si. Sé morir. Estad tranquilos. Mostraos
fuertes.
Y dichas estas palabras, bebió el veneno, conteniendo la respiración, sin repugnancia ni dificultad. Hasta ese momento todos habían podido contener el llanto; pero cuando lo vieron beber ya no lo hicieron. Platón mismo, lloró contra su voluntad, lloró por sí mismo, por su propia desventura al verse privado de tal amigo. Critón, que había empezado a llorar antes que él, se había levantado. Y Apolodoro, que no había cesado un momento de hacerlo, rompió en demostraciones de indignación. No hubo nadie de los presentes, salvo el propio Sócrates, que no se conmoviera. Y entonces les dijo: “¿Qué hacéis? Si mandé afuera a las mujeres fue para que no llorasen pues tengo oído que se debe morir entre palabras de buen augurio. Ea pues, estad tranquilos. Y mostraos fuertes”
Fragmentos del Fedon, de Platón.
jueves, 29 de marzo de 2012
En la línea de Javier
Si fallo aquí caeré con toda seguridad.
Vuelvo a empolvarme las manos de magnesio, mientras me
concentro en realizar con la mayor precisión el siguiente paso. Ya no es cuestión
de fuerza. He anudado tantas veces la castigada y polvorienta cuerda en el
desgastado anillo de mi arnés y he intentado subir tantas veces que ya no me
queda fuerza.
Pero lo tengo que conseguir. Es un último intento de aplicar
toda la técnica posible. Fuerza ya no me queda.
Pero si fallo aquí caeré con toda seguridad.
Respiro profundamente. Una cierta presión en la boca del estómago
desaparece cuando consigo agarrar con fuerza el primer canto. Flexiono las
piernas bajo el desplome a la vez que con un fuerte bloqueo logro asir una
pequeña bóveda con la mano izquierda. Las falanges de mis dedos se tienen que
arquear con la fuerza necesaria para sustentar todo el peso de mi cuerpo.
Pero si fallo aquí caeré con toda seguridad.
Coloco un pie sobre una minúscula rebaba con la que consigo
equilibrarme y lanzarme hasta la siguiente presa. Las tres primeras falanges de
mis dedos reposan sobre un diminuto cuenco romo y resbaladizo buscando no
perder un milímetro de adherencia. Aprieto la mandíbula. La fuerza
me hace jadear. Chapo la cuerda y me lanzo hacia la regleta roma de la que caí
una y otra vez, en cada uno de los intentos.
Se me resbala un pie y no consigo mantener el otro. Ahora pendo
completamente en el aire de los dedos que arqueo con toda mi fuerza para
conseguir mantenerme entre el balanceo y el encontrar un nuevo apoyo para ellos.
Bendita fisura. Bendita diminuta fisura. En la que coloco la puntera de mi pie
de gato que apreté muy a conciencia.
Es absurdo pensar en la técnica. Vuelven
a dolerme los antebrazos tanto que no creo ser capaz de aguantar. Pero estás
abajo. Y me miras. Me transmites todo el ánimo y la confianza que requiero. Me
obligo por última vez a respirar profundamente para hacer un lanzamiento hacia
el buzón que me espera allí arriba, tan a lo lejos. En un salto, lo consigo. Mi
mano entra tan limpiamente en el interior de ese enorme agarre que no me
importa volver a quedar con los pies en el aire. Ya no me importa. Lo he conseguido. Y sé que estás abajo. Y que tus
manos ágiles y rápidas estaban dispuestas a reaccionar ante mis movimientos sobre
la roca.
Entre la emoción, la vuelta a empezar, la obsesión, y el
sinsentido, está mi victoria. El triunfo. Una pura felicidad. Un estado puro.
lunes, 20 de febrero de 2012
Cuando nos creímos invencibles,
Quisimos hijos del frío y del fututo. Los buscamos como se buscan las palabras de un sol poniente. Esas palabras que mordieron a los niños, como un día predijera Mario Meléndez.
Hijos del frío.
Hijos del frío y de Madres Invencibles.
Hijos del frío y de Tres Madres.
T r e s.
Cuenta.
Haz, te lo pido, la cuenta de las Madres.
Dará Tres. Tres siempre. Siempre la terna.
Hijos del frío.
Son, milagros de la ciencia.
¿Milagros?
¿Acaso podemos llamar a un congelador ciencia?
Abre, criatura milagrosa, tu Credo: el libro del frío de Gamoneda.
Y entenderás.
.Entenderás que todos los árboles se han puesto a gemir igual que gimieron aquellas palabras que unos padres furiosos un día mataron. Con sus pistolas.
.Entenderás que de una piel inconfesable ha nacido tu piel, ungida en la tristeza de la urgencia. Tu piel. Capricho de Tres Madres que un día fueron, y se creyeron invencibles.
.Entenderás que el amor que alimenta mi cuerpo es suficiente para darte la Vida.
Hoy Madre lame lentamente sus ciegas heridas.
Para caer de bruces. Para levantarse. Siempre, l e v a n t a r s e.
El tenedero de su pecho alberga tierra fértil desangrada. Ya sin palabras, abre paso a un frío invernal.
Bienvenida. Vida.
Vida, bienaventurada seas.
Invencible. Siempre invencible.
Estrés ambiental en un espacio helado. Niños del frío. Niños TRA.
Dime, ¿sabrán tus hijos del frío hablar en arameo?
¿Amarán los hijos del frío las gélidas mañanas como debieran amar a padres inguinales?
Mi corazón está cansado.
El de todas las Madres invencibles no. Es invencible.
Como si no tuviera fin su dulzura, se repite en las ternas de Verlaine.
Dulzura, dulzura, dulzura.
...
Fuimos hijos del frío y del fututo. Nos buscaron como se buscan las palabras de un sol poniente. Y entonces esas palabras mordieron a los niños, como un día predijera Mario Meléndez.
Ha llegado el frío a mi boca.
Se congelan las palabras.
Y no sabré volver a hablar en arameo.
lunes, 30 de enero de 2012
Ilusión Origen.
Coquetear con la muerte hace que la vida irradie como una teoría quántica de la luz en un séptimo cielo. Ninguna experiencia puede arrojar a un placer tan fuerte. Ninguna experiencia tiene un riesgo tan elevado. Entre falacias y argucias seductivas, un día puedes ser incapaz de volver.
Que otros erijan su hogar mediante principios arquitectónicos. Yo lo erijo entre el quicio de las palabras silenciosas que dejó tu lengua mientras abrasaba mi piel.
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