viernes, 27 de abril de 2012

Escrito en el cuerpo, de Jeanette Winterson

"La pérdida es la medida del amor"

También yo he Escrito en el Cuerpo de Jeanette Winterson.
Y, de la forma más absoluta, recomiendo su lectura.

Anagrama, IBSN: 978-84-339-1498-9
Traducción de Encarna Castejón.

martes, 24 de abril de 2012

Cuestión de hiperincursión



Hay Personas que simplemente hacen que seas más feliz y más intenso.
Hay Personas.
Que simplemente.
Madre aprisiona todo el cielo en sus ojos. Incluso cuando llueve en la ciudad.


Madre es una de Ellas.
M  a  d  r  e.


La señal de humo con forma de tu voz se convirtió en nube. Y la nube en poema. Y el poema en amores caducos de una ciudad mal alcantarillada cuando llueve demasiado.

Yo hubiera deseado que toda la lluvia se fuera al campo. Pero no. Se fue a la ciudad. Y te pinché la inyección con la aguja del Reloj de Tiempo. Con la del Segundero, para ser más precisos. Y entonces cesaron tus delirios y tus poemas. La fiebre de tu frente amainó, y el rigor de tu rostro se transformó en el de la mujer perfecta. Hablaste en braile. Las pecas de tu piel resbalaron entre ayeres.

Tiempo lineal se fraccionó para entremezclarse en los futuros de tu cuerpo. No perderse ni un sólo detalle. Desdoblándose cuanto hiciera falta.

Hay Momentos. Que simplemente.
Como con las personas.
Hay Momentos que lo cambian todo.


Y es entonces que te das cuenta.
Que nunca más pasaremos las mañanas de domingo leyendo a Byron y creyéndonos inmortales. Que ahora son todas las margaritas que un día fueron, las que me deshojan a mi – si, no, si, no, si…- y que es Tiempo el que teme mi paso.

Ya nunca será lo Mismo.

Nunca.
No.

Lo único que sé,
de entre todo lo mucho que ignoro,
es que será mucho Mejor,
a partir de ahora,
Todo.

Lo dicen mis pensamientos antes de dormir.
Lo dice aquel hermoso futuro que, entre el sueño vela acaricio y traigo a mi lado.

Hay momentos.
Y hay personas.
Que simplemente.

Es cuestión de física cuántica.
Es cuestión de hiperincursión.

lunes, 23 de abril de 2012

Amores caducos.


He sufrido una intoxicación por un amor en mal estado.

Para ser honestos, y aunque reniegue de estas palabras cuando pasen dos segundos, padezco de la tripa en numerosas ocasiones. Es mi talón de Aquiles. Digo que renegaré de estas palabras porque tengo complejo físico de toro y de roble (y bien orgullosa, por cierto). Y cualquier detalle que me lance a la pira de las debilidades será desechado por mi caprichoso carácter en un futuro inminente en el que, de todas las mujeres que seré, no vuelva a ser la que escribe estas palabras.

La última de mis hazañas (valentona corsaria) ha sido sucumbir a este amor en mal estado, y heme aquí, retorcida en mi misma, y en el lecho de unos recuerdos alienados. Intento no quedarme dormida, porque sé significará una y otra vez revivirlos de forma intensa y real, para luego despertarme rebautizada en posos de sudores de unos tropos infestados.

Al tragar, tengo en la garganta el regusto de paloma enferma intentando entonar maltrechas églogas. Mi piel tiene el color amarillento de los mil ocasos que nunca fueron. Y mis ojos ausentes se han perdido en alguna quimera en la que un día creyeron aún más que yo.

Acabo de poner una denuncia en el “Juzgado de Instrucción que por turno corresponda”. La he redactado formalmente cual excelso abogado. Identificando el tipo de injusto, la antijuricidad, la culpabilidad y el nexo causal, aun a sabiendas que poco seguimiento de ella se hará: este todavía no es un delito tipificado. La actual justicia sigue muy por detrás de la sociedad y a duras penas recoge la realidad de nuestros mundos.

Así que lo siguiente que he hecho es ponerme a buscar en la web algún caso parecido al mío. Hay veces en las que no sabemos dónde ir a por aquello que hemos perdido dentro de nosotros. En un arrebato de irracionalidad, encuentro algo parecido a lo que aferrarme, como una pobre dipsómana que buscara en la dársena de alcohólicos anónimos algún caso similar, no sé yo si para apoyarme en ellos o bien para reírme despiadada.

Requebrada entre las imágenes del rigor de su rostro y el epitafio de sus risas, vuelvo a encontrar en la web algo que me alienta a relativizar mis males. Es la siguiente noticia con un titular que reza así: “un poema en mal estado intoxica a 13 personas de melancolía

Me tranquilizo. Al menos mi enfermedad no es fruto de un lirismo metafísico, con las consiguientes psicopatías imbricadas por entelequias que imposibilitan diferenciar lo real de lo irreal. No. Mi enfermedad es producto de un hecho palpable tan intenso como cierto que, al cabo de demasiado tiempo y como preveían todas las codificaciones científicas que un día se escribieron, ha caducado.

sábado, 21 de abril de 2012

Castillos de arena

No he ido a M. a buscarte.
He ido a V.
Por sus portales me amaste en un pasado. Por cada rincón me amarás en un futuro. Y con cada uno de sus poros me amas sin intermitencias, en un eterno siempre.

Así hoy te siento.
Aquí.

lunes, 16 de abril de 2012

Ilusión 9322

¿Qué es lo que hubiese ocurrido con Dante, si a Dante se le hubiera aparecido la mismísima eterna Beatriz una tarde a finales de noviembre, para hacerse realidad más allá de sus sueños, más allá de sus letras, de la más imposible de las maneras, de la más bella manera, durante cuatro lluviosos años?

martes, 10 de abril de 2012

De lo sublime kantiano, y del caminante sobre el mar de nubes.




A ratos las Salinas se transforman en lo sublime de Friedrich. En ese abismo kantiano yo quisiera enseñarte todas aquellas cosas que desconoces. Como el pulso de la noche en el pecho de todos los amantes que un día fueron. Como la forma de la niebla en las geografías de tu espalda. O como el olor de la estepa blanca de tus pezones de loba. Acércate. Desnuda tus ojos para oir este mar. Pestañea con el alma para no perder ni un detalle, mientras yo pido perdón a los Muertos por sentirme inmortal y feliz. Acércate y dame tus manos tan puras de puro blanco. No temas. Sólo quiero que sientas el pulso de la noche en mi pecho. Sólo quiero enseñarte a rezar.

lunes, 2 de abril de 2012

Saber morir

Oh, Critón, debemos un gallo a Asclepio. No olvidéis esa deuda”. Sócrates al pronunciar esas palabras tenía ya casi frío el vientre. El suministrador de la cicuta les dijo que, cuando le llegara al corazón, moriría.

Platón nos cuenta en el Fedón, muchas de las cosas que el maestro de la mayéutica (tan fiel a la profesión de Madre) nunca paró a escribir.
 
 
No sé cuantas veces habremos de sentir exactamente igual esa cicuta subiendo lentamente por nuestros cuerpos, con idéntica congelación ascendente, como liba por un cuerpo los abismos de aquella emoción de la que desconfío llamada nostalgia, porque siempre me remite a un pasado que, desormais, no tiene opción alguna de retorno.
 
 
 
Colocándome por encima del bien y del mal, dejo que todas las lenguas de los amantes que un día fueron, expugnen de mi cuerpo recensiones apasionadas. Como en la salmodia de los poetas que nunca lo fueron. Por la nostalgia de todo aquello que nunca ha sido. Yo si. Sé morir. Estad tranquilos. Mostraos fuertes.


Y dichas estas palabras, bebió el veneno, conteniendo la respiración, sin repugnancia ni dificultad. Hasta ese momento todos habían podido contener el llanto; pero cuando lo vieron beber ya no lo hicieron. Platón mismo, lloró contra su voluntad, lloró por sí mismo, por su propia desventura al verse privado de tal amigo. Critón, que había empezado a llorar antes que él, se había levantado. Y Apolodoro, que no había cesado un momento de hacerlo, rompió en demostraciones de indignación. No hubo nadie de los presentes, salvo el propio Sócrates, que no se conmoviera. Y entonces les dijo: “¿Qué hacéis? Si mandé afuera a las mujeres fue para que no llorasen pues tengo oído que se debe morir entre palabras de buen augurio. Ea pues, estad tranquilos. Y mostraos fuertes”
Fragmentos del Fedon, de Platón.