lunes, 10 de septiembre de 2012

Mis siete mandalas. O el arte de cambiar el pasado accediendo al futuro.

No lo busquéis en el oráculo. No. Porque éste os hablará de un idioma sánscrito, y de formas del universo. Los mandalas en Google o en la wiki no son los mandalas de los que hablo yo aquí. En la Web, conservadora hasta la médula, sólo se inicia mi explicación. Y no desarrolla todo lo que los hindues y el resto de civilizaciones antiguas pretendían erigir.
 
Para encontrar el significado de "mandalas", tenéis que acudir a Almería. Más concretamente a Mojácar. Y en su más preciso detalle, a un 8 de septiembre de 2012. A un atardecer de las ocho de la tarde. Y a la voz del aire junto a la explicación del mar en la boca de uno de los invitados.
 
No voy a ir mas lejos de lo que se dijo allí. Ni analizar lo que, para el resto de la humanidad, realmente significa este término. Porque en un punto del espacio y del tiempo, con el consenso ni de muchos ni de pocos (eso es indiferente), sino de algunos, una tarde entre globos de papel que volaban en el aire sobre el mar mediterráneo, y transportando una llama y muchos deseos, se determinó lo que, a partir de ese momento, para mi el término "mandala" significará siempre.
 
"¿Qué deseas?" decía el cuento. Y el narrador le explica a su personaje principal: una pekeña muchacha con grandes ojos llenos de expectación, lo que es un mandala. "Quiero que me concedas mi deseo" dijo la niña. "No pekeña, tu deseo solamente te lo puedes conceder tú" contestó el narrador, haciendo que los ojos de la niña se redondearan más aún "¿Mi deseo? ¿Concedérmelo yo? ¿Cómo? Así no son los cuentos." Contestó ella medio insatisfecha medio expectativa de una sorpresa mayor. "Si los cuentos de aquí. Es muy sencillo mi pekeña: ve a tu deseo. Y obsérvalo bien en aquel futuro que lo envuelve. Examínalo de cerca. Acarícialo. Sacúdelo. Háblale al oído. Háblale también fuerte. Bésalo. Y provócalo. Confía en él. Y también duda, mostrándote fuerte. Para que él te conteste con fé y recordándote a su vez que él es tu deseo.
 
(…)
 
Hay muchas formas de ir. De ir a ese futuro digo, pekeña. Lo primero es ponerte en modo de visión. No me abras mas esos ojos azules, cielo. Para ponerte en modo de visión hay diversas maneras. Puedes cerrar los ojos y sentirlo. Puedes hacerlo antes de dormir, porque ese es tu momento más intimo. O a la primera hora al despertar. Arropada por el fresco cielo azul de las mañanas, y la forma que tienen de cantar los pájaros cuando ellos también se levantan. O bien lo puedes escribir. Yo, pekeña, tengo mi propio cuaderno. Para mis mandalas. Se llaman mis siete mandalas. Y he escrito por debajo, con mi pluma preferida para escribir, o el arte de cambiar mi pasado accediendo a mi futuro. Te regalaré un cuaderno de piel roja, si quieres, para que tú también tengas un cuaderno de mandalas. Pero otra manera, si sabes, es detenerte a dibujarlo. O cantarlo. O incluso, lo puedes bailar. O esculpir. O contar. Lo importante, mi pekeña, es que te pongas en modo visión. Y llegues a tu deseo. Lo importante, pekeña, es que vayas ahí y te pasees por él. Y que lo sientas. Y analices tus sensaciones al tenerlo así de cerca. Al saberlo tuyo. Y que sientas cómo te encuentras en el. Una vez que has ido al futuro, mi pekeña, puedes volver todas las veces que quieras. Y pasearte por el, hasta hacerlo enteramente tuyo."
 
Ponerte en visión.
 
Como te imaginas, intensa, feliz, en dos años. En diez. En cincuenta.
 
Si tienes esa imagen clara, las neuronas se polarizan. El universo se alinea. Los multiversos convergen. Y conseguirás aquello que desees en tu vida.
 
El mandala y el arte visionario. El mandala y la hiperincursion. El mandala y la capacidad de modificar nuestro pasado desde el futuro. El mandala para conseguir ser aquello que ansiamos ser con una simple proyección.
 
Es demasiado íntimo que escriba en estos retales los mandalas de mi vida.
 
Sólo os explico, como una vez le expliqué a esa niña de ojos azules, que son siete.
 
Y que su significado real, está escrito en la tarde de un 8 de septiembre, en la playa de Mojácar. Junto a la arena, el cielo y el inmenso mar que todas las noches me mece.
 
 

sábado, 18 de agosto de 2012

Ilusión 14.732

No podré ir al Thyssen antes de septiembre. Nunca he sido una seguidora empedernida de Hopper, pero hoy en un especial de arte lo he mirado con otros ojos, me ha gustado, este artista ha empezado a cambiarme, y me ha empezado a interesar: “Algunos artistas, como Hopper, demuestran que el misterio mayor es el que arranca ante la evidencia, ante la realidad desvelada, exhibida, desnuda y desnudada”.

Es cierto que la pintura de Hopper se centra en las fotos que haría un Voyeur de la cotidianeidad de lo que a todos nos ha pasado, cuando resulta ser lo más vulgar (por cotidiano) y a nadie interesaría. Sin embargo. Empieza a interesar cuando esa realidad queda al completo desnudo.

“Dime mujer. Que apareces con toda tu fuerza desnuda. Intenso misterio que arranca en tu exhibición. Más secreta cuanto más te desnudas. ¿Dónde escondes ese misterio?”

No es exacto. Pero algo muy parecido, creo recordar, escribió Tomás Segovia.

miércoles, 25 de julio de 2012

Ilusión 14.001

Deja que mis manos se pierdan en tu espalda y vuelvan para hablarme de esas geografías. Para hablarme del punto exacto en el que fracasan todas las palabras.

Diálogos

UNO.
- Prométeme que me amarás siempre.
- No. Al amor no se le pueden dar órdenes. El amor pertenece a si mismo. Ciego a suplicas. Sordo a gestos de posesión. El amor es lo único mas fuerte que el deseo. Y la única razón justa para no sucumbir frente a la tentación. Lo que puedo es prometer ser sincera contigo el día que deje de desasearte. Porque eso significará que hace tiempo que te dejé de amar. Aunque haya luchado por no convertirme en uno mas de ellos. Lo que prometo es ser franca contigo si llegara ese día. Porque creo en la conducta espejo. Hace tiempo entendí que solo sé actuar egoístamente. Y así quiero que tú hagas conmigo lo que nos quede por vivir.

DOS.
- La vida está condenada a muerte
- No. La vida está condenada a vida. Y la muerte está condenada a vida.
- No.
- Si. En un espacio negro, en un caos, en la Nada, crecemos y por un tiempo nos creemos inmortales. La muerte está condenada a vida. Y eres capaz de sentir como resbala ardiente el café por tu garganta que vive. Y como se separa cada una de tus costillas de la piel, con el intenso frío. Eres capaz de cruzarte con centenares de personas al día. Y que sin entender de raciocinios, una haga que te des la vuelta. Yo soy capaz de sentir como cada una de mis terminaciones nerviosas son sensibles a los minúsculos cambios de temperatura de tu piel, reconociendo al segundo el comienzo de tu pasión, tu ola de calor, los latidos que profieres más hondos, más rápidos. El extraordinario milagro de tener tu cuerpo cambiando bajo mis manos. Desearte. Y sorpresa, que me desees. Que me desees es inverosímil, ¿sabes?. Extraordinario. Un accidente que sea tan intenso y recíproco. Un milagro. Cuando somos se consuma la inmortalidad. Y esa es la condena de la muerte, a la Vida.


TRES.


Y se nos ha impuesto una tarea ardua y difícil. Intentar ser felices aun a sabiendas que un día todo termina. Que un día dejaremos de estar aquí. O dejarán de estar nuestros seres más queridos.

Es increíble que, aún así, nos ocurra la felicidad.



sábado, 21 de julio de 2012

Ilusión 14.000



Bien. De nuevo. Curiosamente, cada cosa está en su lugar. En casa, las tazas de té están en su sitio exacto. Las sábanas de invitados. La ropa de verano. Incluso podría encontrar, cerrando los ojos, la estantería en la que ella guarda nuestros pijamas de invierno, perfectamente doblados, con una o dos bolas de naftalina.

Puedo con esta nueva mirada, apreciar también esos detalles que únicamente ocurren con el paso de los años. El jardín ha florecido y crecido en cada uno de los rincones. Y aquellas flores que plantamos. Y el abedul. La Rosalba. Los cipreses que medían dos palmos ya alcanzan a los campanarios.

Agradezco las horas tranquilas. Las horas calmosas del final de esta tarde. Del día de hoy al que aboca todo este pasado. Llegué aquí amoratada y arañada. Débil. Arrasada. Hace mucho tiempo ya.

Hoy mi seguridad es tan sólida como las tapas de esos libros de colecciones que nos encanta leer. En los que nos apoyamos ella y yo para hacer tantas cosas cotidianas. La buganvilla del color exacto que ella escogió hace años, rodea la verja que hemos construido a base de todo este tiempo. Como para proteger este paraíso particular, solo nuestro.

Ella, arrellana su cuerpito en la butaca blanca de mimbre, bajo su eucaliptos preferido. Lee. Esa preciosidad delicada de piel blanca que está ahora sumida en el mundo de su lectura, me ha dado tranquilidad. Toda la serenidad que necesitaba para reconstruirme.

Yo, al otro lado del jardín, la observo. Observo todo. El resultado.


Y a penas puedo mantener mi taza de café en la mano. Tomo consciencia de mi vida. De todo eso que se ha construido. Que hemos erguido. Esa costumbre que me ha devuelto a la vida. Toda esa serenidad que he confundido con la felicidad.

Parpadeo. Intento erradicar este sentimiento asfixiante.
Pero soy incapaz.
La cruda realidad siempre llega con aquello que uno siente.


Y es que siento que todo es un decorado.
Mi perfecta y trabajada vida es un teatro.

No significa nada.
Algo en mi interior ha desencadenado un tic tac. Pienso para mis adentros ¿Cuántos minutos quedan para que la amenaza llueva sobre este espacio cuidadosamente inviolado? Para que empiecen las lágrimas. Las acusaciones. El dolor. ¿Cuánto queda para que ocurra que deje de poderlo esconder? Que vea la luz lo que acabo de alterar para siempre.

Ella no sabe nada todavía. No sabe que acaba de empezar la invasión más cruenta. Que se van a tener que revisar todas las geografías. Todos los portulanos. Todos los mapas del universo. Cada uno de los atlas de mar.

El territorio que ella creía suyo, que yo también creía suyo, ha sido anexionado.


Has regresado a la ciudad.
Te acabo de ver.

martes, 17 de julio de 2012

Quién lo diría (o ilusión 13.333)


63, Rue de Seine.
Nos encontramos abajo. En la entrada.
No sabemos como saludarnos.
Nuestros labios, torpes,
intentan poner los besos
en el sitio adecuado.
Que nuestras frías mejillas,
esperan.
Que no nuestros corazones cálidos.

No sé si yo te acompaño,
me acompañas tú,
o mutuamente nos acompañamos,
por el jardín que huele a aquellas flores
que ni tú ni yo pronunciamos.

En lugar de tomar las escaleras,
en vez de subir a pie,
nos metemos en el ascensor.
Hoy por primera vez.
Para que nuestros cuerpos más juntos.
Para que nuestro aliento más condensado.

Tú, más valiente, hablas del tiempo.
Vaya día
¿No?.
Yo, recuperándome,  contesto algo.

Quién lo diría.
Como dos desconocidas.

Contradictoriamente, al fin,
llegamos al final del paso.
A aquel punto exacto
Que dos destinos bifurcan,
a diario.
Me sonríes. Te sonrío.
Y me alejo.
Abro mi puerta.
Ya has desaparecido,
y haciendo como si,
fuera la menos importante de todas las cosas,
verte este rato.

Quién lo diría.
Como dos desconocidas.
Como si ese fuera el trato.

Nosotras que nos sabemos
de memoria.
Yo, que imagino la calidez
de tu cuerpo todas las noches.
Tú, que me recorres lamiendo mi piel
cuando cierras los ojos.
Derrotadas bestias feroces,
pensando una en la otra,
al girar los cerrojos.



Variación de Itzlar Minguez Arnaiz

domingo, 15 de julio de 2012

El silencio antes de ti.



En esa hora del luego, yo y la que fui después de ti nos sentamos en el abismo de mis recuerdos. Frente a dos tazas de fe, mi imposible mirada, y tus infinitos miedos. Era la hora de la inocencia. Del olor a esperanza. Esperanza de esperar algo nuevo. Que cambiara la balanza. Y la danza, de todos los amaneceres en soliloquio. De mis continuos deliquios, revisando las dulces fotos, color sepia, de los albumes de mi memoria.


Esa hora del luego, a su vez empezó a ser historia. Quemándose por las esquinas con un antiguo fuego. Para dar paso a un luego, que asentaba los dijes con los diràs. Los te quise con los te quiero. Reconciliando lo inevitable. Lo eterno verdadero.


En esa hora del luego, yo y la que fui después de ti, nos arrellanamos en el balcón de mi mirada. Hacia tu infinito que nos devolvía su infinito. Ya no más reproches, no más celos. Ya no más rabia. Solas frente a lo que siempre por ti siento. Reconociendo derrotadas que, antes de ti, sólo hubo silencio.