domingo, 4 de agosto de 2013

Algunas personas. De Susana Sánchez.


 
"Algunas personas se esconden en los lugares más insospechados:

En las palabras esdrújulas, en el forro de una gabardina, en el hueco del sacapuntas, en el tallo de una flor. Se esconden tanto y tan bien que ni ellas mismas se encuentran, e incluso un día olvidan que llegaron allí escondiéndose de algo.

Otras se exhiben, también, en los lugares más insospechados. Bueno, los lugares para exhibirse nunca son tan insospechados como los lugares para esconderse".

Versionando a Patrick


 
Nos hubiéramos podido decir todo esto, en cualquier otro sitio que ese café del puesto. Que no me querías. Que había alguien más en tu vida. Que tu futuro, a mi lado no lo veías.
 
Nos hubiéramos podido decir todo esto, de otras mil formas, y del resto, debiéramos habernos reído. Yo te hubiese sonreído. Había muchas otras formas para este mismo gesto.
 
Así que esto es todo. Así que ya está.  
 
Así que me quedo aquí yo. Así que tú te vas.  
 
Todas las palabras que me vienen están de más. Todas mis preguntas inútiles ya.
 
Algunos, ya me los veo, se alegrarán. Otros, ya me los huelo, repetirán: “te lo advertimos”. “No te amaba, te lo dijimos”. Pero poco importa eso ya.
 
Nos hubiéramos podido decir todo esto, en cualquier otro sitio que ese café del puesto. Como en una mala serie de segunda. Como si nuestra historia no mereciera nada mejor que eso.
 
Me hubiera gustado decirte alguna cosa más. Que Perdón. Perdón por tantas cosas... Jamás te quise dañar. Y que Gracias. Gracias por haberme enseñado al fin, a amar.

miércoles, 10 de julio de 2013

¿Será esto plagiar a Silvio? En cualquier caso, es "lo que me ha salido" (¿quién escribe cuando escribo?)

 
 
Tú,
Tumbada y medio dormida,
 
Yo,
Despierta y frenando… tensión.
 
Tú,
Desnuda y extendida.
 
Yo,
Vestida y en retracción.
 
Tú,
Te desperezas lentamente,
Me miras febrilmente,
Queriéndome asaltar.
 
Yo,
Que me he asustado un poco,
Te miro, no te toco,
Y me intento controlar.
 
Felina enardecida.
 
Yo,
Acorralo mi desear.
 
Pero tú,
Brillante y decidida
 
Yo,
Sedienta y rociando un mar.
 
Tú,
Te acercas lentamente
Me sonríes silente
Y me haces estallar.
 
Yo,
Te abrazo mansamente
Hechizada de repente
Por tu piel y tu mirar.
 
Tú,
Me recorres de frente,
 
Yo,
Me rindo y me dejo expugnar.
 
Pero tú,
… apasionadamente…,
 
Yo,
Renazco una y otra vez más.
 
Yo,
Te venero y me arrodillo
Te idolatro te lo digo
Y libo tu dulce mar.
 
Tú,
Al borde del delirio,
Confundes tus dominios
Conjugando el verbo amar
 
Tú,
Tumbada y divertida,
 
Yo,
Tejo tu mundo alrededor.
 
Tú,
Desnuda y extendida.
 
Yo,
Desnuda en plena expectación…
 
 
Tú,
Yo.
 
 
 
 

Ilusión 25.433


 
 
Y lo cierto es.
Que fui tan feliz que hasta pude amarla menos.

Ilusión Lorca.


 
 
Amor de mis entrañas, viva muerte,
También yo espero en vano tu palabra escrita.

Para el Poetry Slam I ( con fuerte entonación)


 
 
Habíamos alcanzado lo que nadie antes había alcanzado.

Escalamos catedrales, sobrevolamos cimas, glaciares y piélagos. Hablamos el nuevo idioma. El origen del idioma. El idioma de los idiomas. Reformulamos a Euclides, y los aforismos de Heráclito. Encarnamos a Hypatia y a todas las poetisas de Mitilene. Las que antes fueron. Las que vinieron después. Y después de haber sido todas las mujeres que un día fueron, miraste a los ojos al Sol. Infinito te devolvió su infinito. Y descubrimos el Aleph en nuestro Aleph. Acariciaste con tu mano lo inmortal. Que era mi mano mortal. Que fue tu mano hacia un siempre. Siempre tu mano siempre siempre siempre. Tu mano. Me amaste por encima de todos los males. De todos los bienes, también. Como si al principio el Dios creara un infierno, creamos nuestro propio mundo siempre eterno. Paraíso nos plagiaba reinventando enunciados. Los hechiceros nos visitaban para que les reveláramos el significado. Los jueces hacían cola para que les resolviéramos lo sentenciado. Llegamos a la cartografía última de todos los portulanos. Reproducimos los mapas del mundo a una escala por mil. Y alcanzamos hasta el último de los rincones secretos jamás antes pisado.

Y entonces pasó.
 
 

Amaste otro cuerpo. Que no era mi cuerpo. Y volviste a mi cuerpo que era tu cuerpo que encarnaba mi cuerpo sin ser tú y si yo, y sí nuestro cuerpo. Un cuerpo entre un millón de almas en basilisco. Volvimos a amarnos. Y pronto llegó. Volviste a amar otro cuerpo. Esta vez El Cuerpo. Amaste El Cuerpo. Que no era mi cuerpo. Dios. No era mi cuerpo y sí que era El Cuerpo Era el Cuerpo (de Cristo –amen- : ¿Tu nueva religión?) Dios, cómo duele.  Amaste mi recuerdo con tu presencia del más allá. El más allá que está mucho más cerca y más acá de lo que piensan todos. Pero eso, también duele. Le enseñaste todo aquello que habíamos alcanzado. La paseaste hasta el último de los portulanos. Por las catedrales. Por todas las cimas, los piélagos, y hasta aquellos los glaciares. Y eso, también duele.


Le enseñaste nuestra forma de hablar. Le enseñaste nuestro idioma. El origen del idioma. Hablasteis nuestro idioma como si fuera el vuestro como si fuera el tuyo como si yo no tuviera nada que ver en esto, para que finalmente ocurriera eso y que ya no fuera ni mío ni tuyo aquel idioma ni el nuestro, y se tornara, (como borrando el tiempo que fue de otro modo), en un idioma vuestro. Pero eso, también duele.


Y mirasteis a los ojos al sol.
 
 
Intentaste el infinito que no os devolvió el infinito ni su inmortal ni su Aleph ni su principio ni su Final. Pero eso, también duele. Y te acarició la mano. (Dios, te acaricio la mano, la mano, te la acarició… la mano). Esa mano que era mi mano. La mano que era mía te acarició mi mano. Eso también duele. Le enseñaste el último de nuestros rincones secretos. Repetiste palabras, repetiste abrazos, repetiste caricias miradas. Repetiste besos. Yo no lo pude ver. Pero eso, también duele.

Y recitaste a mi Lorca.


 
Le recitaste a mi Lorca. Bailasteis tu Cohen. (El mundo es ciclópeo, te dije. El mundo es infinito, te dije. Invéntate lugares nuevos, te dije. No profanes nuestros sueños, te dije). Aún así. Volasteis a Viena. Una a una quemasteis sin pena cada una de nuestras imaginarias fotos color siena. Viena encabezaba la ristra de instagram y las transformó en quimeras. Volasteis a Viena y desapareció nuestra Viena y se transformó en vuestra Viena. Y Dios eso, cómo duele.



Y llegó el día que nos vimos después de ser. Quedé para verte porque no verte era la muerte y prefería la vida aunque fuera sin tenerte viéndote viva y yo casi muerta y con tanta suerte de verte tan viva y lejos de la muerte. Y vi tus ojos brillar. Te vi resplandeciente. Hablabas de ella y te reías. De esa forma inevitable de esa forma inconsciente. Te sonreía yo al escuchar. Pero eso, también duele.
 
Observo el tiempo pasar. Ya no nos quedan rincones secretos. Todo aquello que creímos alcanzar es banal como cualquier otra historia de celos. Estoy anclada en un pasado que un día existió, si cabe. Soy incapaz de volver a amar, todo el mundo lo sabe. Y me paseo perdida por la isla de Léucade. Tú te entregas sin mirar atrás. Tú eres feliz, fuera de mí, te veo brillar. Y yo me siento como el viejo Titono inmortal.


Jamás me lo oirás pronunciar. Pero eso, también duele.


 

miércoles, 29 de mayo de 2013

Decías. (¿Decías?)


 

Tú.
Me explicabas.
El lenguaje, y sólo él, esculpe en el fuego una decisión, un abedul, el desierto de mi Arabia.  

 

Eras sabia. Decías.
Vente a Arabia. Decías.
Tú.


Ahora sé.
Que Arabia es tu tierra y tu piel. Arabia es tu cuerpo en su idéntica geografía. Arabia se bifurca donde te bifurcas tú.
Eres Arabia entera. Con sus ojos. Tus desiertos. Con su Norte. Con tu Sur…


Pero Arabia no es hiperbórea, te repetí.

 
Y entonces te busqué. En noches de invierno.
Instrucciones de duelo. Una y dos mil.
Cuarenta pasos de eterno. De dudas. De al fin.

 

Decías
(¿Decías?)
Conozco el algoritmo de la pasión.
Pero desconozco el idioma, la lengua, las palabras, la expresión.

 
Tú.
Decías.
No creo en una pasión vasija, ni en una pasión dintel. Cimbra y dovela. Ni en una pasión jamba para sostener. Para albergar. Para mantener. No. No creo en ningún otro lenguaje que no sea el privado. Y renuncio a cualquier pasión de portulano, que no se inicie por una expansión hacia el infinito. Y decías. Repito. Sólo renunciando a una realidad exterior, somos capaces de definir el amor. En términos llanos. Y somos capaces de repetir algo tan simple como  te amos, pudriéndose en los labios nuestra historia. Nuestra expansión.

 
Esas cosas.
Tú.
Decías.
Cosas
Que parecían cosas.
Palabras
Que parecían
Palabras.
El lenguaje es vacío. Decías.
No me expliques el río, Decías,
Que sientes te recorre el interior.
No me hables de amor sin hablar de orogénesis, de placas tectónicas, de terremotos, de volcanes de corrientes convectivas. De arrastres, subducciones, fallas, puntos calientes, fosas oceánicas y tesoros con vasijas.

Decías.
No lo hagas simple.
No lo cosifiques.
Tú. Decías.
Lenguaje mata a lenguaje.
Lo aparta. Lo esconde. Lo gira. Lo corrompe.

Tú, sabia discípula de Wittgenstein predicabas que Sentido del mundo reside fuera de Mundo. Y por supuesto, fuera del lenguaje en que se intenta la expresión.
Tú decías Shakespeare
Yo decía Leopardi.
Tú decías Milton. Se terminaba la discusión.

 
Y Mudas.
Descubríamos.
Desnudas.
Otra región. Vastos dominios de la conciencia. Secretos rumores del sentido. Bailando al borde de la ciencia. De la metafísica. Lamiendo. Libando. Danzando al filo de un fuego donde hierro forja alma. Que se retuerce. Deviene diamante. Espada. Lanza. Ave Fénix.

 
Y el primer y último de los algoritmos. De los cielos. De la lluvia. De la pasión.
Me lo mostraste en expansión.
Y sin usar ni una sóla palabra.

Estiradas todo a lo largo.
No te oigo llamarme amor. Sin embargo lo gritas. De esa manera.
Eres bella. (Pienso). (Pensando en realidad cualquier otra cosa).  “No hay pérdida del lenguaje que no implique una pérdida de la realidad”.  Decías (¿decías?)

Eres bella. Repito. Callo.

No soportaré perder mis palabras. No estas maltrechas palabras con las que tan rudamente soy capaz de describirte. De encerrarte.

Tú me enseñas.
Y yo voy y vuelvo de Arabia.
A Arabia.
En tu Arabia.
De tu Arabia.
En tu Sur.
Sur de Arabia

(Tú
Eras sabia. Decías.
Vente a Arabia. Decías.
Tú.)

No quiero repetirte palabras usadas en mil otras escenas.
No a ti (no, no a tí no, a tí no).
Sin embargo, quieren salir.

Tu silencio las abrasa.

Bebo de ti. Bebo hasta las heces del cáliz de los tropos mudos de tu ardiente idioma. Me lo enseñas con tu piel. Con tu boca. Con tu cuerpo. Bajo el que estalla entero el Universo, envuelto en tu fulgor.

(Tan pequeño quedaría un "amor"...)
 
-Y esta es en realidad la verdadera teoría del Universo. La del Big Bang no tiene nada que hacer con esto-