Algo tiene la locura, el delirio, la alucinación, la demencia, el frenesí… que torna insípida, simple, estéril y gandula la cordura.
(Foto: hombre sin rostro)
Algo tiene la locura, el delirio, la alucinación, la demencia, el frenesí… que torna insípida, simple, estéril y gandula la cordura.
(Foto: hombre sin rostro)
Quiero tenerte en brazos amarte en abrazo y notar como reptas para alimentarte en mi pecho. Quiero dormirte en mi lecho tomarte en mis manos, cantarte sin voz consciente del milagro hecho.
Quiero que te pongas tus zapatos preferidos para correr más, que yo te acompañe a la escuela y a la vuelta me cuentes que tal, que nos tumbemos a ver las formas de las nubes una tarde cualquiera y que las noches de verano le pongas nombre a las estrellas.
Quiero que sea un planazo para ti trasnochar y finalmente quedarte dormido antes de las 12h a mi lado del sofá. Que me pidas un cuento, de esos que yo me invento y me digas que quieres te lo vuelva a contar igual.
Quiero que veas las playas, los mares las montañas, que organices tu sueños al alba. Quiero que escuches los secretos del fuego, quiero jugar a tus juegos, enseñarte algo nuevo que siempre vayas a recordar.
Quiero que escuches el amanecer, tengas el mundo a tus pies, que creas en ti en todo lo que puedes hacer. Que vivas que sueñes que rías que vueles que aprendas a andar al caer, al silencio entender y expresarte con una mirada.
Quiero que veas la luna seguirte, la noche decirte que el firmamento es también tu casa. Quiero que pruebes que crezcas que te equivoques que aprendas que te comas la vida feliz con patatas. Que viajes a Melbourne a Japón a Manhattan, en hoteles de cinco estrellas y en caravanas. Que digas que si y que sepas decir no. Que seas flexible con las cosas claras.
Que nadie te ciegue, salvo otra mirada. Que creas en el amor después de cada batalla. Que levantes el vuelo después de cada parada. Que siempre vuelvas versión más fuerte más grande más tenaz más mejorada.
Quiero que reconozcas la importancia de esas cosas invisibles que solo ven el alma. Que seas fuerte por dentro y por fuera y nunca te sientas solo cuando tú mismo te acompañas. Que en ti esté el Universo entero, las estrellas, las galaxias. Que sepas que todo lo puedes, mi bebé, mi vida, mi todo, mi alma.
Ver la puesta de sol mientras oigo tu risa que vuela alta como los cielos.
Sentarme en un banco contigo mientras te cuento que el lobo nunca fue el malo. Que es cuestionable el mundo de las princesas y que me enseñó muchas cosas un mago.
Y explicarte como era yo de pequeña cuando era traviesa. Que tenía tus mismos temores y tus mismas pecas. Y dejarte saltar en los charcos hasta agotarte. Enseñarte a elegir las piedras mejores para lanzar en el agua y siempre ganarte. Y caminar por la playa descalzos como si fuera un arte.
Decirte que si algo me quita el sentido son tus dos ojos. Que tengo suerte de que sean dos y los pueda requetemirar a mi antojo.
Y callarme que hay que amar a la vida a pesar de que Tiempo sea un asesino. Que cada día roba una de estas tardes contigo, como roba la risa de los niños.
Y me lo imagino una y otra vez. Y vuelve a ser jueves por la tarde. Y entonces me miras así, y yo lo vuelvo a hacer: lo de enamorarme.
Tras dejar de creer, sin motivación. Y haber caído en lo más bajo de las fauces de la tierra, sobreviviendo en la miseria de un morir en vida sin pasión, echándole la culpa a todo, de cínico modo, sin dignidad no esperas nada más, que un éxitus sin dolor.
Tras caminar enfadado con la vida, renegando sin medida, ausente siempre de todas partes, sin saber ni querer acordarte, de aquello que de niño soñaste.
Pero un día: una mujer, con la mirada te cruza, y sola te embruja y te arrastra a sus hombros, tú que te creías escombro, y te lleva igual que lleva el mundo entero. Y hasta el final de sus fuerzas, recubre su corteza de tus heridas más profundas.
Y esa mujer, que te mantiene con la mirada, y la seguridad que te infunda, te abre su mundo y te inunda, con sus gigantescas y abiertas alas.
Devolviendo tu confianza, con mucha paciencia te alza, te retira de sus hombros, te pone en pie. Y entonces tú empiezas a creer, a imaginarte un futuro, puede, y convertirte, quieres, sobretodo en lo que ella ve en ti.
Y un día esa mujer, que en su mirada te aguanta, a ti y al mundo entero, te hace nacer de nuevo, como hizo en el interior de su vientre, con mundos más pequeños, a los que se da hasta el infinito. Y como si estuviera escrito, también se entrega a ti.
Y un día, esa mujer.
Un jardín
Con vistas... a la vida de los dos
Cuatro paredes
Amansadas por el sol
Y tu piel
Muy pegada a mi piel
A lo largo del salón
Y muy juntos tú y yo.
Una chimenea
Con un fuego embriagador
Prendida ella
Y prendidos nosotros dos
Un café
A medio re-terminar
El hogar
De nuestra felicidad.
Tu habitación
Es también mi habitación
El mismo lecho
Pecho con pecho
El mismo amor
Y tu voz
Se confunde con mi voz
Sin lugar
A tristezas o a rencor
Un hogar
Solo, para nosotros dos
Un corazón
Contra el otro corazón
Y tu piel
Terciopelo de mi piel
Resbalando tu sudor
Con mi-tus sueños sin pudor
Un jardín
Con vistas... a la vida de los dos
Un cielo azul
Desbocando su atracción
Tú y yo
Mismo techo para dos
Podría ser cotidianidad
El hogar de mi felicidad.