sábado, 16 de abril de 2022

Lo malo no es


Lo malo no es tu acento, lo malo es que me hiciste descubrir las Américas. Lo malo no es que descubrí las Américas, lo malo es que fue contigo. Lo malo no es que fue contigo, lo malo es que ahora no me necesites. Lo malo no es no me necesites, lo malo es que me duela. Lo malo no es que duela, lo malo es el daño. Lo malo no es el daño, lo malo son las secuelas. Lo malo no son las secuelas, lo malo es lo que digas. Lo malo no es lo que digas, lo malo es que mientas. Lo malo no es que mientas lo malo es que te crea. Lo malo no es que te crea, lo malo es que juegues. Lo malo no es que juegues, lo malo es que es conmigo. Lo malo no es que es conmigo, lo malo es amarte. Lo malo no es amarte, lo malo es que tú no sientas lo mismo. Lo malo no es que tú no sientas lo mismo, lo malo es no olvidarte. Lo malo no es no olvidarte, lo malo es que tú ni te acuerdas. Lo malo no es que tú ni te acuerdas, lo malo es que seas libre. Lo malo no es que seas libre, lo malo es que no es conmigo. Lo malo no es que no sea conmigo, lo malo son las huellas. Lo malo no son las huellas, lo malo es tu acento. 


Cómo encontrarle plataformas a lo que siempre fue abismo, como encontrarle estabilidad a lo que siempre fue incierto, como alejarme de ti si ya estás tan lejos, como encontrar en la memoria los te amos que no dijiste, y cómo deshacerme de ti, si no te tengo. Lo malo no es tu acento… EL PROBLEMA es que me hiciste descubrir las Américas. 


Gracias R. Arjona.

jueves, 14 de abril de 2022

El día más feliz de mi vida


Tenía 8 años. Y no es que fuera yo una niña muy brillante en la escuela. La vida en París no me daba para más.  No entendía por qué esta ciudad gris y sin piedad tenía tantos enamorados haciéndola única. Para mi madre era difícil. Para una niña como yo también. Pero recuerdo que ese día mi madre me despertó y la vi muy guapa. Sonreía. Y me dijo suave: "Vístete. Hoy no iremos al cole. Hoy iremos a Disneyland Paris".

Ilusión 939232239


A ver cómo te lo cuento… a ver cómo te lo digo… acompáñame hasta el centro de la Tierra, acompáñame hasta el Sol.

martes, 1 de marzo de 2022

Ilusión 920012022

 

(Imagen: Nave Gatatiana)

Donde yo, cuando tú, siempre nadie. Nunca cada día y me pesan los hombros al darte, cada vez menos amor menos arte. Donde tú, cuando yo, siempre nunca. Y cada madrugada repito la misma manera, de mirarte sin que tú me veas.

Deja que me ponga guapa. Enséñame a ganarle a Tiempo. Yo, solo quiero volar. Y tú... nunca me esperas.

Donde yo, cuando tú, siempre nadie. Nunca cada rato y me duelen los brazos, de soñar que volamos. Donde tú, cuando yo, nunca nadie, corriendo pero lentos en esta rueda suicida, de cobayas que giran y giran.

Deja que me haga fuerte. Enséñame a siempre quererte. Yo, solo quiero volar. Y tú… Y tú… 

Y tú nunca me esperas.


Microilusión 94

 

Mi madre. Siempre tan elegante. Siempre tan bella. Ni con mis mejores intenciones yo le llegaría a la suela de sus zapatos, siempre de tacón. Flotando como un ángel y segura como un guerrero. Dulce y fuerte. Necesaria como cada uno de los botones de su vestido, para todo aquel que la llegara a conocer. Y. Es curioso que, esta foto, precisamente esta foto, haya sido la que me arrojó a la realidad de que mi padre fuera, muy a pesar de los registros civiles e inscripciones, aquel que la devora con esos (mis) ojos. Con los que también yo siempre la miraré.

miércoles, 14 de julio de 2021

Madre


Te lloraré.

Te lloré un par de 200 noches. Y probablemente te lloraré 200 mil más. Dejo atrás todos tus reproches. Deja los míos también…


Y tú…

Sé que tú siempre lo hiciste lo mejor que supiste. Lo mejor que pudiste. Me llenaste de juegos y de cuentos. De magia, de instrumentos. Y sembraste en mi pecho el más bello jardín. 


Tú… Sin llorar ni una sola vez o… no dejándomelo ver. Siempre sonriéndome. Oliendo tu cuello a jazmín y a melocotón tú piel. 


Te amo tanto. Tanto que duele. 

Y te echo de menos. 

Si, te echo de menos. 

Te echo tanto de menos… aunque no te lo pueda decir. Aunque mi voz te sonría desde este mundo gris…


Madre. 

Me dijiste que mirara hacia el cielo. Que creyera en mi, que yo todo lo puedo. Me hablaste de un universo fiel.


Pero madre. 

Este mundo es de hielo. Tan oscuro sin ti, tan vacío tan infiel y tan fiero. Mi pecho de piedra, mi corazón congelado. Regresa a mi lado. 


Desapareció mi jardín aquí nada huele a jazmín. Madre…


Lo sé. 

Se que solo yo lo puedo aprender. Y quiero aprender a volar. Y debo aprender a volar. Lejos de ti. 


Pero. 

Necesito una vez más tu voz. Tu abrazo, tú “inténtalo”. Tu forma de reír, de mirarme, de vérmelo hacer. 


No sé si podré, ser igual que tú, hacerlo tan bien, tomar tu altitud. No sé si querré, yo esa perfección, que te ha hecho llegar a tu mejor version. 


Madre. 

Me enseñaste a ser libre. A creer en mi. A intentarlo más y mejor. 


Pero. Madre. 

Espera un poco. Quédate aquí. Que en tu pecho en tu cama en tu abrazo, es todo mucho mejor.


Madre…

viernes, 9 de abril de 2021

RETO 78 - LLUVIA

 

Si. Lo sé. Te dejé. Y no me lo perdonarás nunca. Tienes esas cosas. Eres tan rencoroso... Me culpas y me culpabilizarás siempre. Pero. He de recordarte. Que en realidad me dejaste tú primero. Porque me dijiste las palabras prohibidas. 

Me las dijiste esa mañana que amaneció nevado todo Madrid. Bajo un anárquico cielo azul gobernado por un sol cegador. La deslumbrante e impoluta nieve hubiera ablandado el más duro de los corazones. Pero.

Pero. Pronunciaste las palabras prohibidas y entonces recordé que también me habías dicho que amabas la lluvia. 

Y recordé esa tarde de diciembre, en los Cliffs de Moher. Esa tarde llovía. Llovía mucho. Bonito. Sin cesar. Como si fuera descendiendo poco a poco todo el cielo para poder tocarnos. A nosotros: los elegidos. 

Abajo esos imponentes acantilados que me hacían sentir tan pequeña y tan grande a la vez.

Avancé, dejando caer mis ropas, entregándome desnuda a esa constante caricia, regalándosela a mi piel. Era una lluvia cálida, no muy fuerte. Un golpear justo antes de que empiece a doler.

Era como cuando sientes ese cuerpo tenso de tu hijo que se mete en tu cama en mitad de la noche y te abraza apoyando su cabeza en tu hombro. Como cuando sientes que, muy pegado a ti, su cuerpito se va relajando mientras tomas consciencia de que nada en el mundo huele mejor que su pelo, que su cuello, y que toda su piel. Como cuando sientes que nada en el mundo es tan suave. Esa vanidosa lluvia con su peso liviano y delicioso se intentaba acercar a esa sensación. Como buscando bañarse en mi piel de una confianza infinita de un todo irá bien, como cuando todo va bien en brazos de mamá.

Te imaginé a mi lado igual. Haciendo fluir tus pensamientos, gigante y pequeño a pie de esos acantilados. Exponiendo bello tu cuerpo desnudo. O mejor: acercándote vestido, y parándote como el caminante sobre el mar de nubes de Friedrich. 

Pero no. Ahí estabas tú, alejado, al lado del coche, agarrado a tu paraguas como si en ello te fuera la vida y encomendado a tu gabardina que cerrabas cada vez más con gesto incómodo.

Por eso te dejé la mañana que pronunciaste las palabras prohibidas. Pero, recuérdalo, tú me habías dejado antes.

Había amanecido Madrid toda entera con un edredón blanco, como pidiendo dormir cinco minutos más. Esa belleza hubiera fundido cualquier alma en hielo. Y.  Me dijiste que me amabas. Que me amabas a mí.

Pensé en la lluvia. Y no lo pude soportar.