Aquí hubo una habitación habitada. Un carcelero encarcelado. Un verdugo sentenciado. Todos los sobrinos cantantes, de las sirenas. Aquí hubo un éxtasis en bucle irradiante. Una Penélope con semblante, de azucena. Desde aquí la luna llena, acuna arropando a los amantes. Aquí hubo un amor, una morada, un mar orondo. Una forma de mirar. Un punto profundo, en eterno instante, al final del mundo. Aquí hubo un corazón sin coraza, un infinito bajo la terraza, de tus ojos infinitos. Fieles felinos como limos de dijes y ayeres cubiertos de escarlata. Aquí fuiste gata. Y gacela. Aquí fuiste la estela de todas las cometas del cielo. Aquí fuiste pura. Fuiste virgen. También oscura. Dura. Aquí fuiste sobretodo Dulce. Pequeña y Gigante. Aquí fuiste elegante. Te envidiaron las estrellas. Y las enamoradas de ellas. Aquí hubo un Tiempo. Un fragmento del viento, escrito en los analesde la historia. Aquí se aglutinó la memoria de todos los que pierden el juicio. Aquí reinó la cordura. Aquí existió la cura. De todos los males que un día fueron. Aquí vivió Locura, Pasión. Fuego. Aquí ardió un corazón, pretendiendo a otro en llamas. Aquí pereció la emoción del luego sembrado de nuncas. Aquí me lamías la nuca. Mientras se me erizaba el bello. Sin duda el lugar más bello, para morir en tu abrazo. Aquí fui vida en tus brazos. Sentí lo que nunca he sentido. Aquí hicimos un nido. Una catedral. Y perpetua condena. Aquí construimos castillos de arena. Entre mis muslos y tus dedos. Aquí fuiste, fui, fuiste, fui, Anteros. Aquí se perdió tu cadera en mi cadencia y tu carencia entre los nunca de los siempre de los sueños de los dementes, que siembran entre nucas sus siempre verdes siempre. Aquí hubo un vientre, desnudo, bajo mi vientre. Aquí hubo un nudo, en el pecho del que miente. Aquí hubo dos ventanales ventilando el horizonte. Aquí hubo un monte. De Venus. Que abracé sin que tuviera manos. Aquí vivió el verano. Entre eternas primaveras. Aquí hubo eras, en las que nos creímos inmortales. Aquí hubo un hombre. Que estas líneas escribe. Y describe. La habitación que vive, lo que no se vive en ninguna otra parte. Aquí hubo una pasión desbocada del mundo. Un Universo en celo. Una pugna entre Eros. Y Dioses. Aquí existieron feroces, intentos de perpetrar la vida. Aquí yació una herida. Junto a una palabra desnuda. Un soñé. Unos labios rotos. La irrealidad retorcida. Aquí hubo una brida y una mirada muda. Aquí hubo un Aleph. Un pedazo de tiempo. Una bocanada de viento. Un segundero tan lento, que sentenciaba minutos. Aquí no existían los lutos, los miedos, las amenazas. Aquí solo me abrazas. Para siempre. El perpetuo instante. Me recitas a Dante. Mientras muero resbalando en tus piernas. Aquí fuiste fruta tierna a salvo del resto de gente. Arrellanada en cognición diferente. Aquí me sentí amada. Por única vez. A tu lado. Aquí sentí calidez cuando el mundo fuera, yacía helado. Aquí hubo una habitación habitada. Un carcelero encarcelado. Un verdugo sentenciado. Todos los sobrinos cantantes, de las sirenas. Aquí hubo un éxtasis en bucle irradiante. Una Penélope con semblante, de azucena. Desde aquí la luna llena, acuna arropando a los amantes. Aquí hubo un amor, una morada, un mar orondo. Una forma de mirar. Un punto profundo, en eterno instante, al final del mundo.
jueves, 5 de julio de 2012
viernes, 29 de junio de 2012
Alquel rincón al que ya no podré ir a buscarte
¿Dónde estás, amor? Hoy que ha venido tu lengua a
buscarme. Y está en mi boca. Como una fruta de melancolía. Fría. Dulce.
Acuosa. Indemne. Herida por tu luz.
¿En qué lugar del mundo, mientras yo abro y cierro
puertas, está batiendo el viento sobre el rostro de una niña pecosa, furioso
como el clima de su pecho sembrado de estepa blanca, y dulce como las tardes de
ayeres cargados de dijes entre calendarios arcanos evadidos de la forma más
sutil, del último rincón del Universo?
¿Qué increíble chiste te hace reír, de esa manera
absurda, de esa adorable manera, mientras el mundo entero se retuerce ante tu
paso, consciente y debilitado, al no llegar a ser jamás, de entre todas las
mujeres que un día han sido, aquella cuyo amor desfallecerá en tu abrazo?
¿Qué haces? Di. ¿acaso lloras frente a ese mar
infinito que te devuelve su infinito y aprisionas en los ojos para mirar, de
esa ardiente manera, tu nueva presa?
Amor, amor. No sabes lo desierto que queda el mundo.
De qué forma, cada puerta que abro en este Universo en el que sé no podré ir
a buscarte, me abofetea con una habitación gélida y desolada que sola, se va
extinguiendo eternamente.
Amor, amor. Yo también. Te recuerdo y me extingo. Te
dibujo y me extingo. Claudico y me extingo como un dibujo de sangre arrojado a
un inmenso océano que me borra con su fuego. Pero nunca me cansaré de recomponer tu
rostro cantando al volante. Recitando aquellos versos de Borges junto a la
chimenea. Abrazando delicadamente mi cuerpo sacudido por tu mar. Amor, amor. Me
extingo en cada recuerdo. Mientras todo agoniza. Y mientras sé exactamente en
qué rincón de este Universo ya nunca podré ir a buscarte.
Sobre la muerte y.
Menos mal que un día morimos. Seria insoportable escuchar
eternamente a esa gente que se queja de la vida. Con el deliquio que supone
dejar de ser criatura inerte en ningún sitio para tomar conciencia de las
distintas formas de reír, de pensar, de sentir. Como si de la nada nos hubiesen
regalado un cuerpo y un alma para llorar, amar, sufrir. Como para que los
Dioses nos envidien por ser mortales y sentir hambre o sed.
Menos mal que un día morimos, sin conocer el secreto de la
muerte. Eso determinaría completamente nuestro modo de vivir.
Sobre el tiempo y.
No llevo reloj. Y me río de la cuadratura
consensuada de que el tiempo avanza y es real. Cuando en nuestro fuero mas
interno herencia del colectivo universal, sabemos que es circular, llano, en
cascada de espejos. Sabemos que todo lo que ha sucedido, una y otra vez sucederá.
Que como dijo el Eclesiastés, nada nuevo hay bajo el sol. Que cada historia
escribe su propia historia. Que cada página avanza hacia una nueva página, pasándose a sí misma. Sabemos que existe la hiperincursión. Y que como
argumenta Clarissa Pinkola, el proceso es simple. Y es el siguiente: Vida/ Muerte/ Vida.
El lugar donde el hermano de Simbad el marino tuvo un sobrino cantante
El pensamiento binario ha organizado para nuestro
pensamiento el mayor de los desordenes. Dualismo. Gnosis. Tan es así, que me
resulta abrumador que el diablo se parezca tanto a dios. Y es que, me han
inculcado tanto la figura de dios, que no puedo ser indiferente al diablo, ni
dejar de sentirme atraída hacia su dualidad. Es lo más parecido a él que
existe. Me voy de cabeza hacia todos aquellos fantasmas de las óperas, músicas
de la noche, como si del canto de las mismísimas sirenas del Peloponeso se
tratase. Y me pierdo en aquel lugar en el que un dios imita a un diablo que
esta imitando a un dios que imita a un diablo que está imitando a un dios que
imita a un diablo que está imitando a un dios que imita a un diablo, que. Manu Norte
Antes yo no era la que soy ahora. Pero no. No pienso decir a
qué me dediqué antes de aquel 15 de octubre del 2006. Nunca conoceréis a la
Manu Norte de antes. Antes de quedarme muda. Antes de perder mi voz. No. Nunca
lo sabréis. Por más que lo intentéis no saldrá nada de esta pluma. Además, poco
importa porque de eso parece que haga muchos años. Parece que sea otra vida. Es
de hecho, otra vida con distinta historia. Una vida de la que nunca os hablaré.
Yo entonces era joven. Y ahora tengo la impresión de ser muy vieja. De ser
anciana. Si. Una anciana enjaulada en el cuerpo de una niña. Arrastrando en el
pecho, como lo hiciere un preso con su bola, un corazón maduro y viscoso como
la pulpa de una fruta pasada. Gaseado. Agujereado como un queso gruyere.
Remendado. Apuntalado. Zurcido. Una pulpa podrida que hace la vez de corazón y
a duras penas puede latir por nada. Antes yo no era la que soy ahora. Pero no.
A la Manu de antes jamás la conoceréis.
viernes, 22 de junio de 2012
Ilusión 12.332
El Universo estudiaba matemáticas con su hijo pequeño: “esta
es la luz”, “este es el rayo”, “estas son las veleidades”, mientras el niño,
distraído en el aletear de un azor, se preguntaba qué sino tan increíble tenía
esa criatura alígera y majestuosa, capaz de un palpitar y de un estremecerse.
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